Nomás la carretera me separa


—Chale wey, yo digo que no nos alcanza.

—Ajá ¿Y qué hacemos?, ya venimos hasta acá. No hay de otra.

—Pues como veas, al final es tu nave.

—Ya, ya, ya… Neta; si llegamos, además aunque sea mi nave, si nos quedamos, nos quedamos los dos ¡Eh!

—Pues igual, no son tantos kilómetros.

—Unos veinte. Además todavía está la reserva: son siete litros. Consume un litro cada siete kilómetros.

—¿O sea que casi llegamos a Cuerna con lo que traes?

—Simón. Lo único pesado es esta subida y de hecho, si después bajas con neutral pues ahorras aún más. Pero mejor cargamos en Tres Marías, no vaya a ser la de malas…

—Cámara pues, paga y vamos ¡Que esto es una pista de carreras!

*          *          *

El auto pasó la caseta y se internó de a poco en la carretera de cuota. Casi dos salarios mínimos hacen la diferencia entre pagar por esta vía o ir por la ruta libre que lejana, se divisa sobre los acantilados. Pero eso aquí no le importa a nadie. La gasolina se quema, los motores rugen y las llantas se lanzan vertiginosamente sobre las curvas que escarpan el Ajusco, alejándose a toda velocidad hacia el sur, lejos, muy muy lejos del caótico Valle de México.

La noche termina de caer y conforme el carro remonta las pendientes, las luces de la gran ciudad aparecen en el horizonte. El espectáculo más increíble del mundo: la lejana belleza de ese monstruo de asfalto, vidrio y acero que a la distancia parece uno, como si la luz desprendida por los barrios marginales fuera la misma de las residencias, como si allá abajo no hubiese diferencias.

Sobre la federal, la modernidad ha devorado los pueblos y los barrios: San Pedro Mártir, Totoltepec, Topilejo, Ajusco, todos han sido integrados a la metrópoli símbolo del progreso nacional. Metro a metro la ciudad parece no querer dejar de extenderse, las casas grises y hacinadas reaparecen y en los cerros que antaño se cubrían de bosques, hoy pululan decenas de niños destinados a vivir y morir en la periferia de la periferia. Abajo los autos de lujo; arriba, el desgastado transporte público. Un sólo México que se desgarra entre mundos completamente diferentes, separados apenas por una carretera.

*          *          *

—La carretera federal va bien cerquita ¿verdad? De acá creo que se alcanza a ver.

—Sí, es esa que corre paralela. De hecho son menos kilómetros por la federal que por la cuota, pero allá vas muy lento, hay mucha gente en la salida del DF, topes, micros, camiones de carga. Acá quien va rápido tiene su carril y quien va lento, pues también. Pero eso sí… la federal es mucho más bonita.

—¿Y por qué no nos fuimos por allá?

—A mi me gusta mucho tomar esa carretera, pero últimamente me han contado cosas medio feas que han pasado, secuestros y así. Yo no se si sea cierto, pero ya ves como está todo en el país, más vale gastar unos pesos más.

—Eso si.

En el medio de la noche, el auto avanza velozmente rodeado por el inmenso bosque, la luna se asoma tímidamente por entre las nubes y el marcaje de los kilómetros no para de quedar atrás. Las subidas y las bajadas se suceden con las pronunciadas curvas de la autopista, y sobre los tres carriles, los autos más potentes rebasan, los camiones de carga van quedando lentamente atrás, y las sirenas de la Policía Federal aparecen y desaparecen rompiendo la tranquilidad de la noche. Después, las ordenadas luces de Parres: el último bastión del Distrito Federal. La última frontera del sur.

—Wey prende un cigarro ¿no?

—¿Pero no vamos a pasar a la gas?

—Sí nos da tiempo. Tú préndelo.

—Va pues… Toma.

—Oye, como que hace mucho frío para ser marzo ¿no?

—Simón, está raro el clima.

Este año la primavera es extrañamente fría. El aire que a toda velocidad se cuela por la ventanilla cala hasta los huesos. Aire puro, húmedo y helado, aire de bosque virgen que se lleva el humo del tabaco hasta perderlo entre la nada. Mientras tanto,  en el toldo del auto, ese misterioso vaho que precede a la escarcha se ha comenzado a formar sin importarle los más de cien kilómetros por hora que marca el tacómetro. Casi es abril y el invierno continúa aferrándose, el mundo cambia y el clima también. Pero el reloj marca las nueve.

—Te dije que no iba dar tiempo wey.

—Ni modo, ya lo voy a apagar.

—¡Chale!

—Ya wey, es un cigarro nomás.

—Un cigarro nomás… ¿Qué no ves que ya están bien caros?

—Luego te lo pago… Te pago hasta la risa, nomás ríete bien.

—Deja de estar de mamón y mejor apágalo bien que ya estamos entrando a la gas.

*          *          *

—Disculpe señor, ¿hay alguien que atienda en esta bomba?

—Ahorita viene la señora.

El hombre silba y grita un nombre de mujer. El frío es insoportable, el viento que desciende de los cerros se mete hasta los huesos y destroza los nervios. —¿Cómo alguien puede trabajar aquí?— piensa mientras desciende del automóvil y observa la pequeña figura femenina que se acerca lentamente desde las penumbras.

—Buenas noches, ¿Cuánto le pongo?

—¡Buenas! Nomás 50 de magna jefecita.

La mujer que atiende ha perdido hace algunos años su juventud, es claro que el frío conserva su piel libre de marcas, pero también que las noches trabajando en medio de la carretera han dejado una señal indeleble en su espíritu. Su aspecto es pequeño y frágil, pero como toda mujer de estas tierras todavía es una guerrera, y esta gasolinera es el campo de batalla donde ella lucha a diario por sobrevivir dignamente.

—Marca cero joven.

—¿El termómetro?— exclama sorprendido.

—No, ¡La bomba!

La mujer deja soltar una pequeña carcajada y él también ríe, avergonzado por haberse abstraído tanto en el asunto del frío. Se pone la chaqueta y observa que debajo del uniforme verde de PEMEX, la mujer trae consigo un par de suéteres, además de guantes y una especie de pasamontañas que cubre su cabeza bajo la gorra del uniforme.

—Es que sí hace bastante frío ¿no?

—Sí joven, ¡Mire que ya casi es Abril! Ya una nunca sabe si va a hacer frío o si va a llover.

—Sí ¿Verdad? De veras que nos estamos acabando el mundo… Oiga, ¿Y no sabe que temperatura hace?

—Hace rato pasó un señor. Dijo que nueve grados.

—No pues entonces sí está bueno el frío ¿no?… Y usted madre, ¿hasta qué hora sale?

—Pues ahorita salgo ya a las once. Ya casi.

—Que bueno… y luego… ¿Ya se va para su casa?

—Pues fíjese que voy y vengo hoy mismo.

—¿O sea cómo?— preguntó asombrado por una revelación sincera, inesperada y todavía incomprensible.

—Sí. Mire, ahorita salgo ya a las once y me voy a mi casa. Ahorita mis niños ya están durmiendo y ya no los veo, pero mi mamá me tiene lista la comida, ceno y me duermo un rato. Después vuelvo a entrar a las tres de la mañana.

—¿Acá a la gas?

—Pues sí.

—¿Pues a dónde más?— pensó avergonzado mientras buscaba en los bolsillos del pantalón algunas monedas para dejar una buena propina a la señora.

—Hay compañeros que están desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana, ese es el horario más pesado; yo siquiera duermo un ratito.

—Y después, ¿sale hasta las seis?

—No joven, hágamela usted buena. Yo salgo hasta las ocho de la mañana.

—Ha de estar más bueno el frío ¿verdad?

—Ahora ya no tanto. Fíjese que en diciembre hasta la piel se le resquebraja a una de tanto frío que hace.

La mujer puso el despachador en su lugar y cerró la tapa de la gasolina.

—Servido joven, son cincuenta pesitos.

Él pagó, dejó la propina y con admiración, agradeció la amabilidad de aquel tenaz personaje.

—Wey ¿Qué tanto haces? Ya vámonos, ya es bien tarde, no vamos a llegar al Red— se escuchó desde el automóvil.

Entonces abrió la puerta del carro, pero antes de subir, no pudo contenerse y finalmente arremetió para resolver la duda que le inundaba por dentro:

—Oiga jefecita… Y su casa… ¿queda muy lejos de aquí?

La mujer que de nuevo se retiraba a las sombras volvió a sonreir, dio unos pasos de vuelta y le dijo —No joven, su casa está aquí bien cerquita. Acá al ladito de la autopista viene la carretera federal, la cruza usted y ese es mi pueblo. Yo ahí vivo. ‘Ora sí que nomás la carretera me separa—.

Vlad Temporal

@VladTemporal