El Estado palestino: La utopía


Es una preocupación privilegiada en el mundo de las naciones de las últimas décadas el asunto de la creación de un Estado palestino, no sólo porque significaría el posible fin de un conflicto ensangrentado que ha durado casi un siglo, sino porque es parte de un conflicto regional que limita las posibilidades de desarrollo estratégicas para el Medio Oriente, e incluso se podría decir que la paz palestino-israelí es fundamental para la humanidad, en tanto ejemplo de las capacidades barbáricas de la “civilización moderna”.

Podemos decir que el momento que da inicio formal al grave conflicto palestino-israelí es a partir de 1947 (en 1917 Gran Bretaña a través de la Sociedad de Naciones, predecesor de la ONU, anuncia la “Declaración de Balfour” que permite el asentamiento masivo de judíos en los territorios palestinos, lo que genera fricciones que se irán agravando, sin embargo este momento no puede determinarse como el inicio de las confrontaciones de gran escala), año en que las Naciones Unidas a través de la Asamblea General deciden otorgar, bajo la resolución 181, la independencia a los territorios palestinos –antes controlados por Gran Bretaña– y partirlos en dos estados reconocibles, uno judío y una árabe. A partir de este momento la violencia entre árabes (palestinos) y judíos (no solo israelitas) se desata.

Desde 1967 con la primera gran guerra árabe-israelí, en la cual los judíos victoriosos se apropian de territorios importantes de los países vecinos (Siria y Egipto) y de Palestina, inicia una serie de resoluciones de la Asamblea General para que Israel regreses a sus fronteras anteriores a dicho año y para el reconocimiento del estado judío por parte de los árabes, como las demandas más importantes. Inician así dos décadas de negociaciones fracasadas en las que potencias extranjeras intervienen constantemente para intentar –dicen en lo discursivo– impulsar los acuerdos, principalmente Estados Unidos, pero los intereses de por medio y las contradicciones de los actores involucrados crean mella.

A pesar de los supuestos esfuerzos internacionales, con el tiempo las resoluciones 242 (1967), 338 (1973), 1397 (2002) y 1515 (2003) de la Asamblea General serían acuerdos que no tendrán ninguna respuesta favorable de ninguna de las partes y que al mismo tiempo agravaran el conflicto. El principio de “territorio por paz” se agregaría también como una constante en las negociaciones sin mucho éxito hasta el presente.

 

Hoy el estado de Israel, reconocido por Naciones Unidas y la mayoría de las potencias mundiales, ha expandido su territorio a tal punto que los territorios palestinos –aún sin reconocimiento como Estado– parecen islotes frente a un mar de colonias judías, muros de concreto y un ejército fuertemente armado que no escatima a la hora de ejercer su fuerza legal o ilegalmente sobre palestinos que se defienden y atacan con piedras, resorteras, un pequeño arsenal de armas caseras y algunas armas proporcionadas por los países árabes vecinos.

Ante esta realidad y a más de 40 años de resoluciones fallidas –sin mencionar la resolución 181 que ya ni siquiera es considerada–, algunas personalidades palestinas han sugerido que Israel otorgue al pueblo palestino la plena ciudadanía en un Estado únicamente judío que ocuparía  la totalidad del territorio en disputa, no por sumisión ni entreguismo, sino porque hasta cierto punto han perdido la esperanza en conseguir un Estado propio y soberano en toda la extensión de la palabra.

No está de más mencionar que con los cercos actuales, que dividen a los territorios palestinos en dos miserables islotes, no hay ninguna posibilidad de sostener la existencia del pueblo palestino ni mucho menos un Estado independiente capaz de perdurar por sí mismos. De ahí la necesidad de recurrir al apoyo internacional en pro de un acuerdo justo en el que la convivencia y la pervivencia de dos estados, uno árabe y uno judío sea posible; de ahí la insistencia en el apoyo de las potencias occidentales que tienen capacidad de doblegar a un Israel cada vez más invasivo y agresor.

El inicio del gobierno de Obama en Estados Unidos parecía generar en muchos las esperanzas de un cambio radical en la política exterior norteamericana, principalmente hacia un Medio Oriente devastado por las guerras promovidas desde esa superpotencia en contubernio con los intereses de las trasnacionales sedientas de petróleo árabe. Así lo hacía notar en su discurso de 2009 en el Cairo, donde lanzó duras críticas contra aquellos que hacían sufrir al pueblo palestino, palabras con las cuales se ganó la confianza y el apoyo de árabes y musulmanes –que hoy le dan de nuevo la espalda al no encontrar resonancia de esas palabras en hechos concretos.

En estos momentos críticos, en los que el futuro palestino está al borde del precipicio, no se ejerce una clara y enérgica posición del presidente estadounidense respecto al conflicto palestino-israelí, donde los valores de libertad y democracia que tanto dice impulsar deberían poner la balanza a favor de los sin Estado. Por el contrario, la posición imperial, fuertemente influenciada por un lobby judío-estadounidense ultraconservador, parece acercarse peligrosamente al no reconocimiento de los desterrados, lo cual, de consolidarse, implicaría un serio descrédito internacional del ya de por si gastado discurso “altruista” norteamericano.

Obama no debe olvidar que su país tiene una enorme responsabilidad en los sistemáticos ataques israelís contra los palestinos; responsabilidad derivada de su apoyo incondicional en los aspectos político, económico y sobre todo militar a ese estado judío prepotente y represor. En ese sentido los tambaleantes impulsos para una nueva etapa de negociaciones desde la Casa Blanca responden claramente al interés mediático de mantener una imagen positiva ante la coyuntura electoral, más que a resolver una catástrofe inminente.

Las últimas negociaciones con las partes en conflicto a las que Hillary Clinton y Obama se aferraban con uñas y dientes –como las muchas otras que se han llevado a cabo desde los inicios de su mediación en el conflicto–, sólo demostraron ser lo que con desesperanza ya todos los analistas auguraban: un total fracaso. La clara falta de voluntad del gobierno israelí, demostrada en la continuación de los  expansionistas asentamientos de colonias judías sobre territorios palestinos ocupados, y sus irrisibles condiciones impuestas en las negociaciones para el posible reconocimiento de un estado palestino, es decir, en palabras de Netanyahu “sin ejército, sin control del espacio aéreo, sin entrada de armas, sin la posibilidad de establecer alianzas con Irán o con Hezbolá”; han enterrado definitivamente el recurso de la negociación.

De igual manera, los hechos han demostrado hasta ahora, que las palabras y los discursos embellecidos de los líderes del mundo occidental y del propio Israel no tienen sustento en voluntades verdaderas de paz y justicia, sino en intereses muy particulares que contravienen la existencia de un estado palestino real. A pesar de las apuestas oficiales en pro de la paz en Medio Oriente, la expansión israelí y los ataques a la población civil palestina demuestran tristemente la oposición judía a cohabitar con un Estado palestino.

En ese sentido, qué posibilidades reales tiene hoy la población palestina para sobrevivir sino en un éxodo parecido al que sufrieron los judíos, o el sometimiento, como minoría, dentro de cualquiera de los países vecinos de la región, de la misma manera que los kurdos en Iraq, Turquía, etc.

Se ha planteado constantemente en los últimos meses la posibilidad de una declaración unilateral de independencia por la ANP (Autoridad Nacional Palestina), pero no se tiene la certeza del apoyo que Hamás en Gaza pudiera proporcionar a manera de coalición, lo que hace muy peligrosa esta estrategia, sin tomar en cuenta la posición que podría tener al respecto Estados Unidos –históricamente aliado a Israel–, o la Unión Europea, que últimamente ha optado por guardar silencio, hacer declaraciones demasiado sutiles o por terminar subordinándose a la toma de decisiones de la Casa Blanca como en el caso de la guerra contra Iraq.

Los países árabes, por su parte, siguen teniendo problemas para ponerse de acuerdo, y ya en varias ocasiones esta debilidad ha puesto en riesgo la sobrevivencia de Palestina, por lo que un planteamiento arriesgado como el de la independencia unilateral puede verse desfavorecido en el propio ámbito de las relaciones amistosas inter-árabes.

Efectivamente la propuesta de adquirir la nacionalidad con plenos derechos para los árabes que hoy se encuentran encerrados en islotes de desesperanza surge entre otras posibilidades como la de lograr el reconocimiento de la ONU y de Estados Unidos en estos días, medidas más bien desesperadas y poco probables. Todas éstas siguen siendo ilusiones de un pueblo sojuzgado y despojado de su patria.

La respuesta no se encuentra ahí de cualquier manera, Cuba es claro ejemplo de ello, pues a pesar de contar con el apoyo de 192 países contra el bloqueo unilateral de Estados Unidos este persiste de la misma manera que los intereses israelíes se mantendrán por encima de cualquier otra posición. Éste es un claro ejemplo del futuro que le espera a todos aquellos sojuzgados en el mundo que se enfrentan a los fieles aprendices del país hegemón.

El Estado palestino parece ser solo un recuerdo de un pasado remoto en el cual las posibilidades fueron infinitas y los errores incalculables. Hoy la existencia de una Palestina emancipada, libre y soberana no es más que una utopía… Pero tampoco es menos que eso.

Susanito Mecate

*Imagen destacada, obra llamada PALESTINE de Gina Broono