Federico


A todos los que se van.

Una gota de sudor descendió por su sien izquierda, atravesó penosamente su rostro barbado y súbitamente fue detenida por el cordón del escapulario que pendía de su cuello. En ese momento Federico despertó, abrió los ojos lentamente y pudo darse cuenta de que seguía en la misma celda donde los oficiales lo habían dejado esa mañana. Todo estaba exactamente igual: la silla maltrecha, la bacinica sucia, el olor agrio e infecto de ese miserable hoyo en el desierto y aún el pedazo de pan con carne seguía sobre la mesa. La situación era confusa y Federico tenía miedo, un miedo nuevo y extraño, un miedo que lo paralizaba y que no lo dejaba pensar en otra cosa que en el calor que cada centímetro de su piel resentía.

Aquel día todo era silencio y calor en el desierto. Los casi cincuenta grados centígrados que marcaba el termómetro y el aire acondicionado descompuesto, no podían ser sino un presagio del infierno que le esperaba, pensaba Federico mientras se ventilaba con un pedazo de cartón viejo. Desesperado, trató de moverse una vez más, pero las esposas que lo mantenían sujeto al sofá volvieron a cercenar la carne de su muñeca izquierda. Mientras la tarde avanzaba, su incomodidad crecía y el temor también.

Todo pasó tan rápido que él casi no se dio cuenta de nada y ahora que lo pensaba, ese era el primer momento en tres días en que estaba sólo. El oficial que entró y le quitó las esposas, murmulló algo ininteligible con su inglés de hillybilly y se fue inmediatamente sin esperar a que Federico pudiera siquiera articular una palabra. Había dormido una hora en el avión y otras tres en aquel lugar, estaba cansado y sólo quería estirar los brazos y levantarse del sillón. Finalmente, después de meditarlo un largo rato se puso de pie mientras las imágenes de aquella noche y de aquellos suburbios se sucedían caóticamente en su mente, se dio la vuelta y observó a través de la ventanita con barrotes por donde hasta ahora sólo había visto el cielo profundamente azul del desierto. La comprobación de su paradero lo dejó sin aliento.

*                *                *

Salió de Mier una tarde medio nublada a principios de año. Mientras la pick-up roja lo transportaba lejos de su hogar, Federico pensó que las nubes grises habían marcado el inicio de su tragedia y que desde entonces, siempre las vería con desconfianza. Recordó entonces los naranjales del rancho familiar destruidos por las inundaciones que asolaron a Tamaulipas aquel verano y evocó también a sus padres, recién fallecidos entre la pobreza, el desastre y la guerra. Ahora sí estaba sólo y desamparado, tal y como su abuela se lo decía de chico, cuando lo amenazaba con abandonarlo en la plaza si se portaba mal.

En Ciudad Miguel Alemán las cosas no fueron mejores ya que todo el mundo veía con recelo a los recién llegados. Su desgracia les mostraba la fragilidad de su propia situación: si la cercana Mier se había transformado en un infierno inhabitable por el terror zeta, no podía faltar mucho tiempo para que a ellos también les tocara su turno. Federico buscaba trabajo sin conseguirlo. Mientras la caridad de los habitantes de Ciudad Miguel Alemán se acababa con cada peso que el kilo de tortilla, el litro de leche o de gasolina subían de precio; a Federico de nada le servía su título como Ingeniero en Sistemas por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Nadie lo contrató.

Un buen día pasó. Federico se sentía agobiado y tenía frío, el invierno era especialmente duro ese año y el hambre era su peor consejera, así que desesperado, tomó la decisión. Sólo cincuenta mil pesos recibió por vender los tesoros más preciados de su familia: el anillo de matrimonio de la abuela con un pequeño diamante de verdad incrustado, el rosario de plata de su madre, la esclava de oro de su padre y tres monedas: dos de oro y una de plata que pertenecieron a su bisabuelo villista, del que Federico escuchó tantas historias cuando era niño y jugaba bajo los naranjos. Fue a cenar, se dirigió a un hotel y por primera vez en varios meses Federico lloró; lloró hasta que la luna desapareció por el horizonte y siguió llorando hasta mucho después de que el cielo se tiñera de azul, morado y rojo con el amanecer.

*                *                *

Un par de semanas después cuando todo estaba listo, Federico marchó finalmente al aeropuerto. A la hora indicada se dirigió a la sala de espera, sin embargo, antes de abordar el avión tuvo que pasar por tres estrictos controles de seguridad. La Policía Federal se encargaba de revisar escrupulosamente el equipaje de mano y a los pasajeros mismos, mientras que los perros entrenados paseaban plácidamente por los corredores del aeropuerto en búsqueda de drogas y armas. Cuando lo revisaron a él, Federico sintió que lo trataron como a un criminal, tuvo miedo y pensó en los miles de muertos de la guerra que asolaba a su país. Esa maldita guerra de la que él mismo escapaba.

Después de varias horas y escalas, el avión finalmente aterrizó. Eran las doce de la tarde y afuera el sol brillaba con fuerza. Mientras Federico esperaba a que su equipaje apareciera en la bandeja, la imagen de la ventanilla del avión no salía de su mente. No era la primera vez que volaba y sin embargo, el recuerdo de las ciudades hermanas extendiéndose frente al Océano Pacífico lo había dejado marcado. San Diego y Tijuana —pensó Federico— parecían un solo rostro cruzado por una enorme y horrible cicatriz: la frontera del norte y del sur, fundiéndose lentamente en su sino.

En el aeropuerto ya lo esperaban. Mientras caminaba entre las tiendas, un hombre de estatura baja, facciones gruesas y aspecto amenazante lo tomó del brazo. Federico se detuvo en seco, se dio la vuelta y pudo ver que la persona que lo sujetaba iba acompañada de un tipo rubio, alto y con una expresión tan soberbia que parecía ser el jefe. Los sujetos se presentaron y le recordaron a Federico que lo conocían de antemano porque parte del acuerdo, era que debía enviar a los polleros una fotografía para preparar los papeles falsos y hacer todo más discreto. Los hombres condujeron a Federico rápidamente al estacionamiento, subieron el equipaje a la cajuela y salieron a toda velocidad del aeropuerto en un automóvil gris con vidrios obscuros. Federico recordó entonces que había olvidado en su maleta el comprobante de los tres mil pesos que había depositado en una cuenta bancaria, se lo comentó al hombre alto y éste le respondió en buen español que no importaba, puesto que iba bien recomendado y sus tíos ya había entregado los primeros dos mil dólares. Poco después, el hombre alto le exigió el dinero, diez mil pesos ahora, veinte mil más y el comprobante cuando estuvieran lejos y seguros del otro lado. Finalmente le dio una hoja en blanco y le ordenó firmar sobre una línea —Ante todo la seriedad— le recordó a Federico con un tono burlón.

*                *                *

Nueva York era tal y como en las películas, pensaba Federico una tarde libre mientras paseaba por la ciudad; los rascacielos, los árboles de navidad, los puentes, los parques, todo era tal y como suponía, como si la ciudad siempre hubiese estado ahí, esperándolo. Ese día comenzó a nevar. Por la mañana era sólo un poco, pero para la noche, la sexta tormenta invernal más grande de la historia paralizaba la ciudad y sus alrededores.

Miles de dólares y algunos cuantos empleos se perdieron esos tres caóticos días en Queens. El transporte funcionaba de manera intermitente, las escuelas permanecían cerradas y las máquinas para la nieve sólo se limitaban a limpiar la zona de Manhattan y las conexiones con los aeropuertos, sin embargo, a Federico no le importaba caminar horas en la nieve y una noche, mientras regresaba a casa, pensó que igual que en México, también en Estados Unidos el gobierno atendía primero a los ricos y a los turistas que a la gente sencilla y trabajadora como él.

Por lo demás, Federico estaba contento. Le quedaba más que claro que Queens tampoco era el mejor lugar del mundo, pero al menos ahí se sentía más seguro que en México. En la televisión, las noticias de la cadena en español no dejaban de pintar al país como un panteón y un osario ensangrentado. Si bien Federico sabía que debía cuidarse de la policía gringa, del ICE, del Homeland y de la migra,  al menos aquí ya no tenía miedo de acabar destazado en medio del desierto, colgado de un puente o en medio de una balacera y además, a pesar del crudo invierno y de estar sólo, ya tampoco le daban miedo el frío ni el hambre. El dueño de la pizzería donde trabajaba era de Veracruz y además de un sueldo no tan malo, siempre daba de comer a sus empleados. A Federico le alcanzaba para rentar una pequeña habitación en la casa de Reina, una hondureña que cocinaba muy bien y mes con mes, pagaba el dinero que sus tíos le habían prestado para los polleros; compró ropa nueva baratísima, un Smartphone usado y hasta un PlayStation que jugaba en su tiempo libre con Justin, el hijo de Reina. Por primera vez en mucho tiempo, Federico sentía algo cercano a la felicidad.

*                *                *

La vista desde la ventanita con barrotes le produjo sensaciones encontradas. A Federico siempre le gustó el desierto, el cielo claro, el silencio impenetrable: la vida y la muerte mordiéndose la cola entre la arena. Recordó que cuando era niño solía internarse en él con su padre para cazar serpientes, águilas, venados y coyotes. Después, Federico sintió nauseas y su mundo se vino de nuevo abajo. Encerrado en aquella celda no podía sino sentir que ahora él mismo era la presa. Esa tarde, el desierto se extendía hasta el horizonte confundiéndose con el cielo como si se tratase del mar y a la derecha, las luces de la gran ciudad comenzaban a hacerse presentes. Federico estaba seguro de que conocía el lugar, sabía que era el mismo sitio donde los eficientes polleros lo habían dejado y además, desde el edificio donde se encontraba alcanzaba a entrever el letrero que marcaba el camino al downtown. Se trataba de Tucson, Arizona.

Sintió pánico y trató de conjurar a los demonios de su cabeza pero no pudo. Se sintió petrificado y súbitamente, Federico comprendió por qué no estaba en la estación de migración como los otros. Recordó todo y se vio transportado a otro momento unos meses atrás, muy cerca de donde se encontraba ahora.

*                *                *

De Tijuana a San Diego, Federico pasó por la línea dentro de un Toyota gris con placas de California. En la garita, el hombre alto parecía conocer al oficial de migración estadounidense, puesto que tras entregarle los pasaportes que sacó de la guantera del auto, lo saludó discretamente. El oficial no respondió, tomó los documentos, los pasó por el escáner y tras devolvérselos, les ordenó en inglés y casi sin verlos que avanzaran con precaución porque las cosas se estaban poniendo difíciles.

Los polleros cobraban caro, pero con ellos la gente pasaba segura, sin contratiempos y siempre por la línea, nunca por el río ni por el desierto. Sólo trabajaban por recomendación de otros clientes por lo que los tíos de Federico tuvieron que rogarles para que lo ayudaran y además, depositar los dos mil dólares necesarios para comenzar el trámite. Al final de sus servicios, los polleros dejaban a las personas en alguna ciudad alejada de la frontera en California, Nevada, Texas o Arizona, desde donde se podía tomar con toda seguridad un autobús a cualquier parte de los Estados Unidos.

Ese día tocaba Tucson. Durante el largo viaje ni los polleros ni Federico hablaron más de lo necesario, más tarde, el hombre alto se durmió. Federico se sentía incómodo y se dedicó a mirar por la ventana del automóvil, le intrigaba la peculiar manera en que el día y la noche se fundían en uno sólo atardecer en aquel desierto de Arizona. Pensó en su niñez en Tamaulipas y pensó también en los cientos de paisas que por tener menos dinero que él, mueren cada año a la luz de ese magnífico espectáculo natural. Federico se sintió con el corazón oprimido y mientras el auto avanzaba por la carretera, finalmente se quedó dormido.

Despertó cuando ya era de noche y avanzaban lentamente por los suburbios de Tucson. Después de un buen rato, el auto se detuvo frente a una construcción de dos pisos en madera pintada de verde obscuro y beige, al centro del jardín había un gran roble del que colgaba un columpio y la cerca blanca que rodeaba la casa también era de madera —Toda una casa de película gringa— pensó Federico inquieto. Los polleros le dijeron que permaneciera en el auto. El más chaparro bajó, entró a la casa y tras diez minutos, salió del garaje en otro automóvil. Esta vez se trataba de un Volkswagen negro de lujo. El hombre alto le dijo a Federico que continuarían en el otro vehículo y que ahora debía ayudarle a pasar dos grandes estuches de un automóvil al otro. Después de conducir por cerca de una hora, los polleros finalmente lo dejaron a unas cuadras de la terminal de autobuses. Una vez dentro, Federico llamó a su tío y compró un boleto sencillo a Nueva York.

Mientras viajaba con rumbo al norte y miraba la luna brillar sobre el desierto, Federico cayó rendido ante el cansancio. Por primera vez en mucho tiempo se sentía tranquilo.

*                *                *

Afuera anochece. El cielo del desierto se tiñe de rojo y las nubes grises presagian el inicio de otro verano. Adentro, en el comedor, Federico come un hot dog que sostiene de manera convulsiva en su mano derecha. En la pequeña televisión alguien sintoniza el canal en español y sube el volumen. Federico voltea instintivamente al aparato y atento, escucha a la presentadora cubana que con su acento de Miami, anuncia a viva voz que el incremento de la violencia generada por el narcotráfico es un peligro para la seguridad de las americas y que como bien ha sentenciado la Secretaría de Estado en turno, México ha pasado a ser un Estad fallido.

Con la comida en la boca, Federico sonríe desequilibradamente. Su expresión se encuentra enteramente descompuesta. Se carcajea y después llora, grita y finalmente, golpea el suelo con la charolita de plástico. Rápidamente es inmovilizado por los oficiales de manera violenta y llevado nuevamente a la celda de castigo donde pasará otros tres días en las penumbras, completamente sólo.

Una vez ahí, Federico llora y piensa en su desierto, en sus padres y en sus naranjos.

*                *                *


Epílogo:

Federico lleva tres años en la cárcel. Una simple pelea en un bar, una revisión, un arresto, un registro de sus huellas digitales lo llevaron hasta ahí.

Su abogado perdió el juicio. Sus identificaciones fueron encontradas junto a drogas, armas y dinero mexicano decomisados a una banda de traficantes. Todo en el auto estaba lleno de sus huellas, los estuches, el dinero, los papeles; su firma estaba impresa en un recibo en español. El agente del consulado mexicano en Tucson que atendió su llamada pensó que era un narquillo más y ni siquiera lo visitó.

Si tiene buena conducta, Federico podrá salir dentro diez años. Las autoridades estadounidenses lo deportarán de vuelta a su país donde Federico podrá comenzar su vida de nuevo, si para entonces claro, existe todavía un lugar en el medio del desierto llamado México.

*

Vlad Temporal

@VladTemporal

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Cierra bien, ya ves como están las cosas.


—¿Bueno?

—¿Estefanía?

—Si, dime.

—Acuérdate de cerrar bien con llave la casa cuando te vayas ¿OK?

—Sí  amor, ya sabes que yo siempre cierro bien.

—¡Pero Las tres! La de la reja, la de la puerta y la de la entrada. Y al portón le pones los dos candados.

—Bueno y ahora a ti ¿Qué te pasa?

—Nada flaca. Me acaba de hablar mi madrina que les volvieron a abrir el negocio ayer en la noche y ahí en la casa tengo el dinero que nos mandó tu papá para el parto… Cierra bien, ya ves como están las cosas.

*          *          *

Julián miró el reloj, marcaba las cinco treintaicinco aunque habían quedado de verse a las cinco en punto. Elisa tocaba el timbre por quinta ocasión y él no podía recordar dónde había dejado las llaves de la casa. Elisa tocó de nuevo y Julián se desesperaba cada vez más.

—Ya voy— gritó Julián desde la ventana de su cuarto que daba a la calle. Ahí estaba Elisa, alta y esbelta como aquella mañana hace treinta años, justo debajo de la gran jacaranda que tenazmente se mantenía en flor sin importarle el paso de los meses ni el inusual clima. Ese día, ella traía un vestido primaveral inmaculadamente blanco y un collar de esferas moradas que contrastaba con el cielo nublado de aquel abril citadino. Las nubes negras que amenazantemente ocultaban la contaminación, pronto dejarían caer su carga de lluvia ácida y nada parecía avanzar allá arriba.  —¡Apúrale Julián que no traigo paraguas y ya mero va a llover!— respondió ella. —Ya se, ya voy, es que no encuentro las pinches llaves otra vez— escuchó de vuelta.

El trueno de los primeros rayos hizo vibrar la habitación. Julián trataba de hacer memoria pero encontraba que recordar las cosas cada vez le costaba más y más trabajo, hacía varios meses que se había dado cuenta pero aún temía escuchar el terrible diagnóstico del médico. Su padre había muerto desgarrado por el Alzheimer y aunque sabía que las probabilidades de que él desarrollara la enfermedad eran bajas, aún le preocupaban de sobremanera. Los recuerdos tardaban en hacerse presentes mientras Julián trataba de recapitular su día. Esa mañana había ido al mercado, y en cuanto regresó, decidió tomar una ducha. Justo cuando estaba terminando de bañarse sonó el teléfono, por lo que salió rápidamente para contestar la llamada que esperaba desde hace dos días. Era Gerónimo, el esposo de su hija Estefanía que le llamaba desde Monterrey. Conversaron alrededor de media hora y cuando terminaron, Julián se fue a cambiar, sin embargo, estaba tan contento que olvidó recoger la ropa sucia del baño por lo que supuso entonces que las llaves debían de estar en su pantalón. Fue a buscar y finalmente las encontró en los bolsillos, bajó las escaleras de la casa y abrió la puerta.

 —¡Buenas Julián!

—Buenas Elisa. Pásale, ya sabes que estás en tu casa. Perdón por hacerte esperar pero no encontraba las llaves. ¡Con tanto cerrojo que he puesto yo creo que si un día me pasa algo aquí voy a quedar!

—Pues sí, pero ya ves como están las cosas… Y ya ni me digas, que coraje me da nomás de acordarme que cuando Gerónimo era chico, yo ni llave le ponía a la puerta, pero ya te cuento ahorita…

Los dos amigos se dirigieron a la sala donde Julián tenía todo preparado: vasos, hielo, cigarrillos sin filtro, una botella de ron y dos puros. Sirvió dos tragos y le entregó uno a Elisa.

—¿Y ahora?— exclamó ella con sorpresa. —¿Qué apoco ya estamos de fiesta? Ese desdichado Gerónimo no es ni para hacerme una llamada. Y mira que soy como su madre.

—Es que andan bien apurados. A mí me habló y me pidió que te avisara, parece que hubo complicaciones con el parto. Pero bueno, el chiste es que fue niño y se llama Julián, como su abuelo.

—Muchas felicidades abuelo… no sabes el gusto que me da. Pero ¿Y Estefanía? ¿Cómo está tu hija?

—Parece que ya bien. Fíjate que al final tuvieron que hacerle una cesárea porque el bebé traía el cordón enredado en el cuello. Parece que ya todo está bien… pero no sabes el susto que me metió.

—Ay Julián, me imagino, sobre todo por lo que pasó con Regina. Pensar que ya tiene veinticinco años que se nos fue la pobre.

—Ni me digas que es lo primero que se me ocurrió. Pero mejor no pensemos en cosas tristes y quedémonos en que mi Julián sí tendrá la oportunidad de crecer con su padre y con su madre y que mi mujer, que en paz descanse, también estaría muy feliz. Gerónimo es un buen muchacho, es responsable y trabajador. Un hombre de los que ya no se encuentran fácilmente. Estoy seguro de que será un buen padre.

—Eso ni que lo digas, si no por nada se crió conmigo… y mira que el barrio está pesado. Pero eso sí; esa locura de irse tan lejos y así como está todo por allá. Mejor se hubieran de regresar Julián, yo vivo preocupada.

—Pues es que a él le está yendo bien por allá. Ya ves que con eso de que ahora es gerente del casino por lo menos tiene algo seguro; no ganará mucho pero creo que no les hace falta nada; yo cada que puedo les mando una ayudadita. Y no creas; también cada vez que hablo con ellos les digo que se regresen, pero él siempre me contesta lo mismo: Que es nomás mientras ahorra para comprarse una casa y poner un negocito propio. Y ella… lo mismo, que quiere que tengan algo propio.

—Pues sí, pero ya ves que aquí nomás no encontraron cómo. Está difícil la situación y yo ya no veo para cuándo, cada vez que prendo la tele puros muertos y descuartizados. Yo espero que ahora que nació Juliancito recapaciten y se regresen. como quiera acá está un poquito más tranquilo. Digo, todo está feo pero aquí al menos… bueno ya no se…

La voz de Elisa se quebró hasta volverse sólo un murmullo apenas ininteligible, sus ojos se humedecieron y de repente, su figura se reveló frágil y diminuta, como si no se tratase de la regia mujer que Julián conoció hace mucho tiempo en la Universidad.

—¿Qué pasa Elisa? ¿Estás bien?

—¡Ay Julián!—dijo ella con la voz entrecortada. Pues que te puedo decir. Estamos mal, apenas si la vamos pasando. Nos volvieron a abrir el negocio hace ocho días. Nada más se robaron la computadora del diseñador ¡Pero nos salió bien cara y ni siquiera la hemos acabado de pagar! Yo no se qué vamos a hacer para pagar la deuda con el banco. Francisco quiere instalar una cámara, pero yo le digo que para qué; que mejor pongamos una buena protección de herrería. Pero ni una cosa ni la otra vamos a poder hacer si no nos alcanza ni para pagar nuestras deudas. ¡Nos van a embargar la casa Julián!

—¡Ay Elisa! ¿Qué  le pasó a éste país!? Vamos a terminar encerrándonos en nuestras camas para poder dormir. A lo mejor yo puedo prestarles un poco de dinero si lo necesitan.

—Gracias Julián, no se qué haríamos sin ti.

*          *          *

—Estefanía ¿Ya tan pronto por acá?—escuchó ella mientras leía un libro en el pequeño jardín de la casa.

—Sí vecino, ya pasaron cuarentaicinco días ¿Lo puede creer?

—¿Tan rápido pasa el tiempo? ¿Y dónde estabas niña que no te habíamos visto?

—En casa de la prima de Gerónimo, su mamá me estuvo ayudando. No se que hubiera hecho yo sola, en mi vida había cambiado un pañal.— dijo ella con el placer de una madre recién estrenada. —Imagínese Don Miguel ¡Qué lo iba a estar bañando yo solita!

—¿Y el bebé? Juliancito se llama ¿Verdad?

—Así mero, como mi papá. Ahorita por fin se durmió; por eso aproveché para salirme al jardín a descansar aunque sea un ratito, ya en media hora le toca comer otra vez…

—¿Y van a estar aquí el fin de semana? A lo mejor podemos venir a conocerlo Laura y yo.

—Sí claro que sí, nos daría mucho gusto recibirlos. Y pues,  ¿A dónde quiere que vayamos Don Miguel? Ya no salimos a ningún lado. Desde que se puso todo tan feo ni de ir a cenar a la esquina dan ganas. Yo ya no aguanto, me siento enjaulada, ya me quiero regresar a México o irme para Querétaro, pero nomás no veo claro…

—¡Ay mi niña! Tienes razón, pero ya ves como están las cosas ¿Para que salir y exponerse? Nosotros antes íbamos mucho al cine con Laura y Tere; ahora ya nomás vemos películas en la casa. Está bien; pero no es lo mismo. A mi me gustan las pantallotas y las palomitas acarameladas. Por cierto, ahora que me acuerdo… ¿Ya te dijeron que se están robando los medidores del agua acá en la colonia?

—Sí, me dijo doña Elba, la de los burritos. Sí sabe quien ¿No? La de la hija… Bueno, pues a ella le robaron el suyo la semana pasada. Y mire que robarle a esa pobre señora… con todo lo que se carga encima la desdichada.

—Sí, pobre mujer. Es horrible lo que le pasó. Lo peor es que cada medidor nuevo cuesta como ochocientos pesos ¿De dónde va a sacar para compralo de vuelta ella sola? ¿Sabes? A los rateros se los pagan a ciento cincuenta y en el tianguis los dan a cuatrocientos o a quinientos.

—Ya la gente nomás está buscando qué desmanes hacer Don Miguel, fíjese que ahora que estuve en casa de mi cuñada nos quedamos tres días enteros sin luz porque se robaron los cables… Y los de la CFE ahí nomás bien gracias. Son bien buenos para cobrar pero cuando se necesita algo…

—Este país va de mal en peor… Hay que tener cuidado hija, parece que esta privadita es la única que falta, ya en todos lados se los robaron ¿Tú crees? Yo ando viendo qué hacer. Le quiero poner una  protección al medidor.

—Doña Elba tenía candado y herrería y aún así se lo robaron.

—Pues siquiera que les de más trabajo ¿No crees?

—Pues yo al mío le quiero mandar soldar una cadena pegada aquí al castillo de la barda, para que así, si lo arrancan, ya no les sirva de nada…

*          *          *

—¿Estefanía?… ¿Estás despierta?

—Sí ¿Qué pasó…?

—Les van a embargar la casa a mis padrinos. Me dijo mi madrina en la tarde; estuvimos hablando mucho tiempo y me contó que cuando yo era un niño pequeño, ella jamás cerraba con llave la puerta de nuestra casa… ya ves como están las cosas, me preocupa Juliancito ¿Qué futuro le espera a nuestro hijo?

*          *          *

—¡Joaquín! Que bueno que te encuentro.

—¿Qué pasó mi Gero? ¿Cómo andas? ¿Qué tal Juliancito?

—Chingón mano, creciendo bien rápido. Ahorita mi mujer se lo llevo a México unos días con su papá y ando libre ¿Unas chelas al rato?.

—Déjame ver, ya ves como es Daniela. Pero dime ¿Por qué traes esa cara? ¿Qué pasó? ¿Todo bien?

—Ahora sí. Pero la verdad he andado muy preocupado últimamente y quería comentarte una cosa.

—A ver, dime. Pero no me pongas esa cara que me preocupas.

—Tú sabes cómo está todo por acá últimamente. Ya ves lo de los tres muertitos que nos tiraron esa vez acá cerquita. Y ni decir de la la hija de la señora que vende burritos sobre la avenida, la levantaron y nomás no apareció nunca.

—Ni me digas mi Gero, que nomás de acordarme… Yo creo que fui el primero que los vio. Iba yo saliendo a tirar la basura cuando vi el zapato colgando de la bolsa negra. Apenas eran como las siete de la mañana. Estaban hechos pedazos ahí en el poste donde está mi bote ahorita, pasé como tres semanas sin poder dormir…

—Justamente de eso quería hablarte. Tú sabes que estoy solicitando que me transfieran al Bajío o a México. Pero es un trámite lento y ni siquiera se si me lo van a aceptar. Pero pues mira, creo que por vía de mientras deberíamos cooperarnos para poner un portón eléctrico en la privada. Es un poco caro, pero así ya no tienes que bajarte del carro para abrir. Así se llevaron a la hija de la de los burritos, cuando abría el portón para meter su coche. Acá te dejo la cotización que mande hacer. Piénsalo, es más seguro. A mí no me gustaría que a Estefanía o a Julián les pasara algo. Piensa en Daniela y en Betito… ya ves como están las cosas.

*          *          *

 ¿Y ya saben qué candado le van comprar a su bebé?

*

Vlad Temporal

@VladTemporal

 

El hombre del desierto


—Fue muy difícil salir de Ciudad Juárez ¿no?—

—Casi tanto como entrar— escuché responder a alguien mientras me despertaba. El autobús se había detenido y todo el mundo comenzaba a inquietarse. —Tuvimos suerte de que no nos pararan en el retén, sino imagínate, nos hubiéramos hecho horas en salir con tanto camión y tanto maleterío que traemos— dijo Cecilia, quien durante toda su vida había recorrido la monumental recta asfaltada de casi 400 kilómetros que separa a esta frontera de la capital del estado de Chihuahua.

—Voy a bajar yo nomás rápido, ustedes se quedan aquí porque me van a regañar si nos tardamos— le dijo Joaquín a Ángel. —¿Podemos bajar a fumar un cigarrito? Nomás acá en la puerta del autobús, no nos vamos a ningún lado— exclamé yo con un tono que denotaba urgencia y desesperación. Joaquín hizo una mueca y asintió antes de salir disparado al baño y a la tienda de conveniencia que había en el parador donde estábamos: una semana entera viajando todo el día, de ciudad en ciudad, de plaza en plaza, en un autobús junto a 35 personas y un baño, hacían que uno atesorara los breves instantes en que una bocanada de humo tenía el poder de distraerlo del hermoso y monótono paisaje del desierto.

Nosotros en el parador esperando a que el chofer comprara las medicinas para su dolor de estómago. Al fondo, las silenciosas dunas de arena que encendidas, reflejaban los tonos rojos y naranjas del atardecer. Finalmente bajamos, prendimos unos cuantos cigarrillos y nos dispusimos a fumar. La caravana había sido larga y dolorosa: los relatos de las madres, de los hijos, de los hermanos, de la guerra… Recorrer la geografía del terror duele, y duele mucho.

—Unos lentes de a veinte jóvenes— nos gritó aquel hombre con la voz y la pericia de un vendedor consumado. —¿No quieren unos lentes de a veinte? Se los pueden probar si gustan—.

Nadie pensaba en comprar lentes en aquel momento, ni siquiera para ocultar los ojos hinchados de tanto llorar y poco dormir, así que se lo hicimos saber al señor, quien de igual forma se dispuso a observarnos cómodamente sobre el aparador ambulante en el que ofrecía sus mercancías.

Después de un tiempo, finalmente se dirigió a nosotros —Así que son todos ustedes los que vinieron hasta acá con el poeta ¿Verdad?—.

—Sí— respondimos —Venimos a acompañar al poeta, a Javier Sicilia—.

—A él le mataron a su hijo, ¿No?

—Sí, lo encontraron junto a otras personas en la cajuela de un auto hace seis meses en Cuernavaca.

—Y todos ustedes, ¿Vienen desde allá? ¿Desde tan lejos? ¿Sólo por él?— exclamó sorprendido.

—Sí, venimos de la Ciudad de México, de Cuernavaca, de Oaxaca, de Puebla, de Chiapas, de todos lados—.

—Venimos a construir entre todos la paz, la justicia y la dignidad. Por el hijo de Javier Sicilia, pero también por todas las personas que han muerto en esta guerra estúpida— añadió alguien más.

Todos asentimos.

El vendedor nos escuchó atentamente y de nuevo volvió a su aparador, desde donde continuó mirándonos en silencio, con la actitud de meditar profundamente lo que le acabábamos de decir. Observé entonces su rostro, sus facciones gruesas curtidas por el sol del verano y las nevadas del invierno, vi sus manos arrugadas por la arena hirviente, los escasos dientes que conservaba y la ropa remendada una y otra vez con la que se cubría. En ese momento, un sólo pensamiento cruzó por mi mente: —Si durante estos años he aprendido algo, es que la gente del desierto es asombrosa. Es como si el vivir en ese ambiente tan inhóspito les dejara una marca de sabiduría en el alma, una marca que ellos mismos no controlan y que se cuela por sus miradas y por sus palabras, siempre tan pocas y tan duras, pero siempre tan terriblemente sensatas—.

Después de varios cigarrillos consumidos el vendedor se dirigió de nuevo a nosotros. —Muchachos— nos dijo, haciendo después una larga pausa —Que bueno que vengan hasta acá ustedes, y que bueno que acompañen al señor poeta en su dolor. Se siente muy, muy feo eso de perder a un hijo. De veras que yo se d’eso. A mi también me mataron al mío hace apenas quince días. Lo encontraron tirado en la carretera, pero él no andaba en malos pasos, se los juro, él me ayudaba con la venta ¿ven?— aseveró mientras señalaba la fotografía que yacía en el cristal de su viejo aparador portátil donde se adivinaban dos figuras masculinas abrazadas, padre e hijo juntos, tal vez por última ocasión.

Como decenas de veces en esa semana, el tiempo se detuvo y un silencio sepulcral se apoderó del ambiente. Después, sólo la sensación. La misma sensación de rabia e impotencia que nos había inundado durante todo el viaje. La garganta cerrándose, los ojos resecos; el vacío que las lágrimas no llenan: el dolor ajeno que desgarra como propio. Y luego, más silencio. Cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta mil ensordecedores silencios y contando.

Fue entonces que el apresurado regreso del conductor rompió el forzado sosiego de aquel atardecer en el desierto de Juárez. —¡Vámonos! ¡Vámonos!— gritaba Joaquín. Agitado, el chofer corría de vuelta de la tienda con todos los encargos que le habíamos hecho: agua, refrescos, papas fritas, pan de dulce, medicinas. —¡Vámonos! ¡Súbanse! Ya estamos bien retrasados— nos gritaba con tono enérgico y desesperado, —¡Apúrense hijos! Luego compran lentes, ya se va a oscurecer—.

Sin saber bien qué hacer, agradecimos precipitadamente al vendedor y subimos al autobús, Joaquín subió atropelladamente detrás de nosotros y puso en marcha el vehículo.

El hombre no dijo nada. Sólo nos siguió observando y cuando el chofer cerró la puerta, alzó su mano agitándola en señal de despedida. Con lágrimas en los ojos no pude dejar de observarlo hasta que conforme nosotros avanzábamos, su frágil silueta despareció en el horizonte de ese gigantesco desierto ensangrentado.

Nunca volvimos a saber nada de él.

Vlad Temporal

@VladTemporal

Pronunciamiento ante las agresiones hechas al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad


A la sociedad civil nacional e internacional

A las organizaciones sociales

Los miembros de Telar de Raíces manifestamos nuestra profunda consternación frente a la situación de violencia, injusticia, desigualdad y exclusión social, política, económica y cultural que impera en México, y que se ha acrecentado en los últimos cinco años a raíz de la «guerra» contra el crimen organizado declarada por el gobierno mexicano que encabeza Felipe Calderón Hinojosa y en la cual hasta la fecha han perdido la vida de manera violenta más de 50 000 personas.

Bajo este esquema, el Estado mexicano ha sido protagonista en años recientes de una gran cantidad de violaciones a los derechos humanos, manifestadas por omisión, acción y aquiescencia; documentadas y condenadas  por organismos nacionales e internacionales.

En los últimos días hemos tenido noticia de graves ataques en contra de defensores de derechos humanos y activistas preocupados y organizados en torno a la reconstrucción de  nuestro país. Por ello, repudiamos los asesinatos de Nepomuceno Moreno, asesinado el 28 de noviembre de 2011 en Hermosillo; Julia Marichal, cuyo cuerpo fue hallado el 1 de diciembre en la Ciudad de México; Trinidad de la Cruz, cuyo cuerpo fue hallado el 7 de diciembre de 2011 en Michoacán; y el atentado en contra de Norma Andrade, agredida con arma de fuego el 2 de diciembre de 2011. Todos ellos integrantes y/o simpatizantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, al que brindamos nuestra solidaridad y apoyo.

Es obligación del Estado y de sus instituciones esclarecer estos actos y condenar a los verdaderos responsables, por lo que exigimos a las autoridades correspondientes que cumplan debidamente con la impartición de justicia para estos y todos los casos sucedidos en contra de activistas, luchadores sociales, defensores de derechos humanos y sociedad civil en general, así como la inmediata presentación con vida de Eva Alarcón Ortiz y Miguel Marcial Bautista,  privados de la libertad el 6 de diciembre, cuando se dirigían en autobús de Petatlán a Chilpancingo.

Por todo lo anterior exigimos también

  • El cese a la llamada “Guerra contra el narcotráfico”, que implica un alto a la estrategia de militarización y paramilitarización y una redefinición del combate al crimen organizado basada en la desarticulación de su aparato financiero y humano atacando las raíces económicas y sociales del problema.
  • Alto a la criminalización de la protesta social.
  • Respeto a los derechos humanos y las garantías individuales y colectivas de todos y cada uno de los ciudadanos que habitan este país.

Telar de Raíces