Cierra bien, ya ves como están las cosas.


—¿Bueno?

—¿Estefanía?

—Si, dime.

—Acuérdate de cerrar bien con llave la casa cuando te vayas ¿OK?

—Sí  amor, ya sabes que yo siempre cierro bien.

—¡Pero Las tres! La de la reja, la de la puerta y la de la entrada. Y al portón le pones los dos candados.

—Bueno y ahora a ti ¿Qué te pasa?

—Nada flaca. Me acaba de hablar mi madrina que les volvieron a abrir el negocio ayer en la noche y ahí en la casa tengo el dinero que nos mandó tu papá para el parto… Cierra bien, ya ves como están las cosas.

*          *          *

Julián miró el reloj, marcaba las cinco treintaicinco aunque habían quedado de verse a las cinco en punto. Elisa tocaba el timbre por quinta ocasión y él no podía recordar dónde había dejado las llaves de la casa. Elisa tocó de nuevo y Julián se desesperaba cada vez más.

—Ya voy— gritó Julián desde la ventana de su cuarto que daba a la calle. Ahí estaba Elisa, alta y esbelta como aquella mañana hace treinta años, justo debajo de la gran jacaranda que tenazmente se mantenía en flor sin importarle el paso de los meses ni el inusual clima. Ese día, ella traía un vestido primaveral inmaculadamente blanco y un collar de esferas moradas que contrastaba con el cielo nublado de aquel abril citadino. Las nubes negras que amenazantemente ocultaban la contaminación, pronto dejarían caer su carga de lluvia ácida y nada parecía avanzar allá arriba.  —¡Apúrale Julián que no traigo paraguas y ya mero va a llover!— respondió ella. —Ya se, ya voy, es que no encuentro las pinches llaves otra vez— escuchó de vuelta.

El trueno de los primeros rayos hizo vibrar la habitación. Julián trataba de hacer memoria pero encontraba que recordar las cosas cada vez le costaba más y más trabajo, hacía varios meses que se había dado cuenta pero aún temía escuchar el terrible diagnóstico del médico. Su padre había muerto desgarrado por el Alzheimer y aunque sabía que las probabilidades de que él desarrollara la enfermedad eran bajas, aún le preocupaban de sobremanera. Los recuerdos tardaban en hacerse presentes mientras Julián trataba de recapitular su día. Esa mañana había ido al mercado, y en cuanto regresó, decidió tomar una ducha. Justo cuando estaba terminando de bañarse sonó el teléfono, por lo que salió rápidamente para contestar la llamada que esperaba desde hace dos días. Era Gerónimo, el esposo de su hija Estefanía que le llamaba desde Monterrey. Conversaron alrededor de media hora y cuando terminaron, Julián se fue a cambiar, sin embargo, estaba tan contento que olvidó recoger la ropa sucia del baño por lo que supuso entonces que las llaves debían de estar en su pantalón. Fue a buscar y finalmente las encontró en los bolsillos, bajó las escaleras de la casa y abrió la puerta.

 —¡Buenas Julián!

—Buenas Elisa. Pásale, ya sabes que estás en tu casa. Perdón por hacerte esperar pero no encontraba las llaves. ¡Con tanto cerrojo que he puesto yo creo que si un día me pasa algo aquí voy a quedar!

—Pues sí, pero ya ves como están las cosas… Y ya ni me digas, que coraje me da nomás de acordarme que cuando Gerónimo era chico, yo ni llave le ponía a la puerta, pero ya te cuento ahorita…

Los dos amigos se dirigieron a la sala donde Julián tenía todo preparado: vasos, hielo, cigarrillos sin filtro, una botella de ron y dos puros. Sirvió dos tragos y le entregó uno a Elisa.

—¿Y ahora?— exclamó ella con sorpresa. —¿Qué apoco ya estamos de fiesta? Ese desdichado Gerónimo no es ni para hacerme una llamada. Y mira que soy como su madre.

—Es que andan bien apurados. A mí me habló y me pidió que te avisara, parece que hubo complicaciones con el parto. Pero bueno, el chiste es que fue niño y se llama Julián, como su abuelo.

—Muchas felicidades abuelo… no sabes el gusto que me da. Pero ¿Y Estefanía? ¿Cómo está tu hija?

—Parece que ya bien. Fíjate que al final tuvieron que hacerle una cesárea porque el bebé traía el cordón enredado en el cuello. Parece que ya todo está bien… pero no sabes el susto que me metió.

—Ay Julián, me imagino, sobre todo por lo que pasó con Regina. Pensar que ya tiene veinticinco años que se nos fue la pobre.

—Ni me digas que es lo primero que se me ocurrió. Pero mejor no pensemos en cosas tristes y quedémonos en que mi Julián sí tendrá la oportunidad de crecer con su padre y con su madre y que mi mujer, que en paz descanse, también estaría muy feliz. Gerónimo es un buen muchacho, es responsable y trabajador. Un hombre de los que ya no se encuentran fácilmente. Estoy seguro de que será un buen padre.

—Eso ni que lo digas, si no por nada se crió conmigo… y mira que el barrio está pesado. Pero eso sí; esa locura de irse tan lejos y así como está todo por allá. Mejor se hubieran de regresar Julián, yo vivo preocupada.

—Pues es que a él le está yendo bien por allá. Ya ves que con eso de que ahora es gerente del casino por lo menos tiene algo seguro; no ganará mucho pero creo que no les hace falta nada; yo cada que puedo les mando una ayudadita. Y no creas; también cada vez que hablo con ellos les digo que se regresen, pero él siempre me contesta lo mismo: Que es nomás mientras ahorra para comprarse una casa y poner un negocito propio. Y ella… lo mismo, que quiere que tengan algo propio.

—Pues sí, pero ya ves que aquí nomás no encontraron cómo. Está difícil la situación y yo ya no veo para cuándo, cada vez que prendo la tele puros muertos y descuartizados. Yo espero que ahora que nació Juliancito recapaciten y se regresen. como quiera acá está un poquito más tranquilo. Digo, todo está feo pero aquí al menos… bueno ya no se…

La voz de Elisa se quebró hasta volverse sólo un murmullo apenas ininteligible, sus ojos se humedecieron y de repente, su figura se reveló frágil y diminuta, como si no se tratase de la regia mujer que Julián conoció hace mucho tiempo en la Universidad.

—¿Qué pasa Elisa? ¿Estás bien?

—¡Ay Julián!—dijo ella con la voz entrecortada. Pues que te puedo decir. Estamos mal, apenas si la vamos pasando. Nos volvieron a abrir el negocio hace ocho días. Nada más se robaron la computadora del diseñador ¡Pero nos salió bien cara y ni siquiera la hemos acabado de pagar! Yo no se qué vamos a hacer para pagar la deuda con el banco. Francisco quiere instalar una cámara, pero yo le digo que para qué; que mejor pongamos una buena protección de herrería. Pero ni una cosa ni la otra vamos a poder hacer si no nos alcanza ni para pagar nuestras deudas. ¡Nos van a embargar la casa Julián!

—¡Ay Elisa! ¿Qué  le pasó a éste país!? Vamos a terminar encerrándonos en nuestras camas para poder dormir. A lo mejor yo puedo prestarles un poco de dinero si lo necesitan.

—Gracias Julián, no se qué haríamos sin ti.

*          *          *

—Estefanía ¿Ya tan pronto por acá?—escuchó ella mientras leía un libro en el pequeño jardín de la casa.

—Sí vecino, ya pasaron cuarentaicinco días ¿Lo puede creer?

—¿Tan rápido pasa el tiempo? ¿Y dónde estabas niña que no te habíamos visto?

—En casa de la prima de Gerónimo, su mamá me estuvo ayudando. No se que hubiera hecho yo sola, en mi vida había cambiado un pañal.— dijo ella con el placer de una madre recién estrenada. —Imagínese Don Miguel ¡Qué lo iba a estar bañando yo solita!

—¿Y el bebé? Juliancito se llama ¿Verdad?

—Así mero, como mi papá. Ahorita por fin se durmió; por eso aproveché para salirme al jardín a descansar aunque sea un ratito, ya en media hora le toca comer otra vez…

—¿Y van a estar aquí el fin de semana? A lo mejor podemos venir a conocerlo Laura y yo.

—Sí claro que sí, nos daría mucho gusto recibirlos. Y pues,  ¿A dónde quiere que vayamos Don Miguel? Ya no salimos a ningún lado. Desde que se puso todo tan feo ni de ir a cenar a la esquina dan ganas. Yo ya no aguanto, me siento enjaulada, ya me quiero regresar a México o irme para Querétaro, pero nomás no veo claro…

—¡Ay mi niña! Tienes razón, pero ya ves como están las cosas ¿Para que salir y exponerse? Nosotros antes íbamos mucho al cine con Laura y Tere; ahora ya nomás vemos películas en la casa. Está bien; pero no es lo mismo. A mi me gustan las pantallotas y las palomitas acarameladas. Por cierto, ahora que me acuerdo… ¿Ya te dijeron que se están robando los medidores del agua acá en la colonia?

—Sí, me dijo doña Elba, la de los burritos. Sí sabe quien ¿No? La de la hija… Bueno, pues a ella le robaron el suyo la semana pasada. Y mire que robarle a esa pobre señora… con todo lo que se carga encima la desdichada.

—Sí, pobre mujer. Es horrible lo que le pasó. Lo peor es que cada medidor nuevo cuesta como ochocientos pesos ¿De dónde va a sacar para compralo de vuelta ella sola? ¿Sabes? A los rateros se los pagan a ciento cincuenta y en el tianguis los dan a cuatrocientos o a quinientos.

—Ya la gente nomás está buscando qué desmanes hacer Don Miguel, fíjese que ahora que estuve en casa de mi cuñada nos quedamos tres días enteros sin luz porque se robaron los cables… Y los de la CFE ahí nomás bien gracias. Son bien buenos para cobrar pero cuando se necesita algo…

—Este país va de mal en peor… Hay que tener cuidado hija, parece que esta privadita es la única que falta, ya en todos lados se los robaron ¿Tú crees? Yo ando viendo qué hacer. Le quiero poner una  protección al medidor.

—Doña Elba tenía candado y herrería y aún así se lo robaron.

—Pues siquiera que les de más trabajo ¿No crees?

—Pues yo al mío le quiero mandar soldar una cadena pegada aquí al castillo de la barda, para que así, si lo arrancan, ya no les sirva de nada…

*          *          *

—¿Estefanía?… ¿Estás despierta?

—Sí ¿Qué pasó…?

—Les van a embargar la casa a mis padrinos. Me dijo mi madrina en la tarde; estuvimos hablando mucho tiempo y me contó que cuando yo era un niño pequeño, ella jamás cerraba con llave la puerta de nuestra casa… ya ves como están las cosas, me preocupa Juliancito ¿Qué futuro le espera a nuestro hijo?

*          *          *

—¡Joaquín! Que bueno que te encuentro.

—¿Qué pasó mi Gero? ¿Cómo andas? ¿Qué tal Juliancito?

—Chingón mano, creciendo bien rápido. Ahorita mi mujer se lo llevo a México unos días con su papá y ando libre ¿Unas chelas al rato?.

—Déjame ver, ya ves como es Daniela. Pero dime ¿Por qué traes esa cara? ¿Qué pasó? ¿Todo bien?

—Ahora sí. Pero la verdad he andado muy preocupado últimamente y quería comentarte una cosa.

—A ver, dime. Pero no me pongas esa cara que me preocupas.

—Tú sabes cómo está todo por acá últimamente. Ya ves lo de los tres muertitos que nos tiraron esa vez acá cerquita. Y ni decir de la la hija de la señora que vende burritos sobre la avenida, la levantaron y nomás no apareció nunca.

—Ni me digas mi Gero, que nomás de acordarme… Yo creo que fui el primero que los vio. Iba yo saliendo a tirar la basura cuando vi el zapato colgando de la bolsa negra. Apenas eran como las siete de la mañana. Estaban hechos pedazos ahí en el poste donde está mi bote ahorita, pasé como tres semanas sin poder dormir…

—Justamente de eso quería hablarte. Tú sabes que estoy solicitando que me transfieran al Bajío o a México. Pero es un trámite lento y ni siquiera se si me lo van a aceptar. Pero pues mira, creo que por vía de mientras deberíamos cooperarnos para poner un portón eléctrico en la privada. Es un poco caro, pero así ya no tienes que bajarte del carro para abrir. Así se llevaron a la hija de la de los burritos, cuando abría el portón para meter su coche. Acá te dejo la cotización que mande hacer. Piénsalo, es más seguro. A mí no me gustaría que a Estefanía o a Julián les pasara algo. Piensa en Daniela y en Betito… ya ves como están las cosas.

*          *          *

 ¿Y ya saben qué candado le van comprar a su bebé?

*

Vlad Temporal

@VladTemporal

 

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¿Necesitamos a un nuevo líder?


Cuando Javier Sicilia se introdujo, o fue introducido dada las circunstancias, en medio de la refutación de la sociedad civil a la lucha en contra del narcotráfico, tuvo una respuesta inmensamente positiva. Por su carácter de víctima, por la indignación que le servía de ímpetu, por el alcance que tuvo en medios o porque su entrada a la escena pública fue justo en el momento en el que la sociedad civil, en su mayoría desorganizada, aclamaba por un líder que señalara, reclamara, y se enfrentara con políticos sin cuidados en la retórica. No era que valiera más la vida del hijo de un poeta que todos los 30,000 muertos que se acumulaban pero nosotros, sintiendo empatía hacia él e indignación en general, le seguimos el paso.

Logró unificar de manera transversal grupos y clases sociales. Nos sentíamos (y nos sentimos) inmersos en una lucha que no nos corresponde, en la que el daño colateral, que por definición le corresponde a la sociedad civil, era demasiado alto. Sin ser cercanamente suficiente, los movimientos sociales que estaban logrando derrumbar, o por lo menos sacudir, gobiernos a nivel internacional tuvieron un papel en contagiar una percepción de empoderamiento en el estar organizados.

Sin embargo, el apoyo y el poder de convocatoria que le perteneció a Sicilia se fueron agotando. No descartó la colaboración con el Estado, y ocasionó controversias al no pedir una desmilitarización inmediata pensando en que una vez fuera los militares, inspiraban más seguridad para muchas localidades que el retirarlos, a pesar de los agravios y abusos que se les atribuían. Inevitablemente esto causó rupturas dentro del Movimiento por la Paz y la Justicia, particularmente entre quienes analizaban no distinguir entre el narco y el Estado, este último siendo causa del desmoronamiento del tejido social, de la corrupción, de la impunidad e injusticia.

Probablemente, el movimiento perdió más cohesión después de los diálogos sostenidos con el Presidente en el Castillo de Chapultepec y con los diputados en el Palacio Legislativo. A la vez que se veían propuestas más definidas, en parte por la participación de Emilio Álvarez Icaza, con base en fundamentos más racionalizados, muchos se perdieron en el camino. Y era algo inevitable; al tener propuestas específicas, el paraguas de “estamos hasta la madre”, aunque seguía siendo cierto, ya no albergaba a todos los grupos sociales.

Pero la violencia en Monterrey, esta vez focalizada a la sociedad civil, dejó a 53 personas muertas, la mayoría señoras mayores, que si no todas fueron calcinadas fueron intoxicadas a morir. Indudablemente, ante un acto tan repugnante y completamente inentendible, nuevamente surge la rabia y la indignación de la sociedad civil. Más allá de lo que algunos hacemos diario, durante la rutina que nos envuelve y la lucha paralela que mantenemos al discutir y denunciar los hechos, sentimos nuestros esfuerzos insignificantes e insuficientes dentro del mar de violencia que ahoga las esperanzas de este país.

Ya no sirve discutir y repasar los argumentos en contra de la guerra declarada irresponsablemente por el poder ejecutivo. Finalmente toca partir de la realidad de estar más allá del punto de retorno. Sin ser resignación, la indignación que hoy siento me obliga, aunque sea de manera escéptica, a buscar soluciones o acciones urgentes que podrían corregir la situación en el corto y mediano plazo.

Me siento desilusionada y desanimada. Se habían logrado avances en convencer, por lo menos a la sociedad civil, que la estrategia actual no estaba funcionando y que debía reorientarse. Que la estrategia integral para combatir el crimen organizado debía conformarse, en su parte más profunda, en transformar estructuras sociales y económicas. Que a pesar de una indudable generalización, la corresponsabilidad de los políticos, y de toda manifestación de poder del Estado, era muy alta. Que sí, la demanda de drogas en Estados Unidos y las armas que dejan pasar por la frontera lo convierte en causa y en cómplice de la violencia, y que la guerra que le correspondería al país del norte en contra de las drogas la peleamos en suelo mexicano y latinoamericano.

Y a pesar de todo esto, siento que los grupos delictivos le dieron un enorme regalo a Felipe Calderón, a Alejandro Poiré o a Genaro García Luna. Y ahora la mano fuerte, a pesar de ser fuerza más bruta que táctica, y de que el posible daño colateral aumente, se va a no sólo apoyar sino a exigir por un mayor porcentaje de la sociedad.

Es cierto que la participación por parte de la sociedad civil ha ido aumentando en estos últimos años y que las acciones del Estado se perciben a través de una mirada crítica. Pero hoy a los grupos sociales los percibo dispersos, particularmente en torno a esta lucha que no tiene fin próximo. A pesar de sentir el mismo rechazo hacia los actos violentos que observamos cada día, el impulso que sentimos a actuar no necesariamente es hacia la misma dirección. Me pesa la idea de necesitar un nuevo líder, cuando debería bastar una estructura organizativa de la sociedad para crear la contraparte de la mano dura.  Pero no se siente el mismo moméntum hoy que cuando mataron a Juan Francisco Sicilia junto con sus amigos; a pesar de la muerte de muchas víctimas más, de represión, de hostigamiento, de desapariciones.

Más allá de convocar a una marcha o de aglutinar a masas, aclamo un liderazgo que cuente con las herramientas necesarias para proponer una alternativa de acción más eficiente, considerando el contexto nacional que se ha ido transformando. Que no se conforme o apacigüe con promesas políticas vacías. Que rompa barreras de apatía y de desesperanza, y que motive a una transformación social e individual. Un nuevo líder que, más que nada, levante el espíritu sobajado de los mexicanos.

¿Será que necesitemos un nuevo líder para enfrentar esta guerra como sociedad civil? ¿Una imagen o una cara que convoque y dirija?

Posiblemente lo necesitemos algunos. Otros, como en ocasiones pasadas, saldrán a las calles espontáneamente sin un líder en particular. Lo que sí sé es que, sin esperarlo, seguiré apostando por fortalecer las estructuras actuales y por apoyar quienes hoy se desviven por las transformaciónes que tanto nos hacen falta. El liderazgo lo otorgamos los seguidores, y en el seguir también hay liderazgo. Finalmente, ese es el liderazgo más importante para, por lo menos, romper las barreras individuales que impiden el “hacer algo”.

Mariana.