¿Necesitamos a un nuevo líder?


Cuando Javier Sicilia se introdujo, o fue introducido dada las circunstancias, en medio de la refutación de la sociedad civil a la lucha en contra del narcotráfico, tuvo una respuesta inmensamente positiva. Por su carácter de víctima, por la indignación que le servía de ímpetu, por el alcance que tuvo en medios o porque su entrada a la escena pública fue justo en el momento en el que la sociedad civil, en su mayoría desorganizada, aclamaba por un líder que señalara, reclamara, y se enfrentara con políticos sin cuidados en la retórica. No era que valiera más la vida del hijo de un poeta que todos los 30,000 muertos que se acumulaban pero nosotros, sintiendo empatía hacia él e indignación en general, le seguimos el paso.

Logró unificar de manera transversal grupos y clases sociales. Nos sentíamos (y nos sentimos) inmersos en una lucha que no nos corresponde, en la que el daño colateral, que por definición le corresponde a la sociedad civil, era demasiado alto. Sin ser cercanamente suficiente, los movimientos sociales que estaban logrando derrumbar, o por lo menos sacudir, gobiernos a nivel internacional tuvieron un papel en contagiar una percepción de empoderamiento en el estar organizados.

Sin embargo, el apoyo y el poder de convocatoria que le perteneció a Sicilia se fueron agotando. No descartó la colaboración con el Estado, y ocasionó controversias al no pedir una desmilitarización inmediata pensando en que una vez fuera los militares, inspiraban más seguridad para muchas localidades que el retirarlos, a pesar de los agravios y abusos que se les atribuían. Inevitablemente esto causó rupturas dentro del Movimiento por la Paz y la Justicia, particularmente entre quienes analizaban no distinguir entre el narco y el Estado, este último siendo causa del desmoronamiento del tejido social, de la corrupción, de la impunidad e injusticia.

Probablemente, el movimiento perdió más cohesión después de los diálogos sostenidos con el Presidente en el Castillo de Chapultepec y con los diputados en el Palacio Legislativo. A la vez que se veían propuestas más definidas, en parte por la participación de Emilio Álvarez Icaza, con base en fundamentos más racionalizados, muchos se perdieron en el camino. Y era algo inevitable; al tener propuestas específicas, el paraguas de “estamos hasta la madre”, aunque seguía siendo cierto, ya no albergaba a todos los grupos sociales.

Pero la violencia en Monterrey, esta vez focalizada a la sociedad civil, dejó a 53 personas muertas, la mayoría señoras mayores, que si no todas fueron calcinadas fueron intoxicadas a morir. Indudablemente, ante un acto tan repugnante y completamente inentendible, nuevamente surge la rabia y la indignación de la sociedad civil. Más allá de lo que algunos hacemos diario, durante la rutina que nos envuelve y la lucha paralela que mantenemos al discutir y denunciar los hechos, sentimos nuestros esfuerzos insignificantes e insuficientes dentro del mar de violencia que ahoga las esperanzas de este país.

Ya no sirve discutir y repasar los argumentos en contra de la guerra declarada irresponsablemente por el poder ejecutivo. Finalmente toca partir de la realidad de estar más allá del punto de retorno. Sin ser resignación, la indignación que hoy siento me obliga, aunque sea de manera escéptica, a buscar soluciones o acciones urgentes que podrían corregir la situación en el corto y mediano plazo.

Me siento desilusionada y desanimada. Se habían logrado avances en convencer, por lo menos a la sociedad civil, que la estrategia actual no estaba funcionando y que debía reorientarse. Que la estrategia integral para combatir el crimen organizado debía conformarse, en su parte más profunda, en transformar estructuras sociales y económicas. Que a pesar de una indudable generalización, la corresponsabilidad de los políticos, y de toda manifestación de poder del Estado, era muy alta. Que sí, la demanda de drogas en Estados Unidos y las armas que dejan pasar por la frontera lo convierte en causa y en cómplice de la violencia, y que la guerra que le correspondería al país del norte en contra de las drogas la peleamos en suelo mexicano y latinoamericano.

Y a pesar de todo esto, siento que los grupos delictivos le dieron un enorme regalo a Felipe Calderón, a Alejandro Poiré o a Genaro García Luna. Y ahora la mano fuerte, a pesar de ser fuerza más bruta que táctica, y de que el posible daño colateral aumente, se va a no sólo apoyar sino a exigir por un mayor porcentaje de la sociedad.

Es cierto que la participación por parte de la sociedad civil ha ido aumentando en estos últimos años y que las acciones del Estado se perciben a través de una mirada crítica. Pero hoy a los grupos sociales los percibo dispersos, particularmente en torno a esta lucha que no tiene fin próximo. A pesar de sentir el mismo rechazo hacia los actos violentos que observamos cada día, el impulso que sentimos a actuar no necesariamente es hacia la misma dirección. Me pesa la idea de necesitar un nuevo líder, cuando debería bastar una estructura organizativa de la sociedad para crear la contraparte de la mano dura.  Pero no se siente el mismo moméntum hoy que cuando mataron a Juan Francisco Sicilia junto con sus amigos; a pesar de la muerte de muchas víctimas más, de represión, de hostigamiento, de desapariciones.

Más allá de convocar a una marcha o de aglutinar a masas, aclamo un liderazgo que cuente con las herramientas necesarias para proponer una alternativa de acción más eficiente, considerando el contexto nacional que se ha ido transformando. Que no se conforme o apacigüe con promesas políticas vacías. Que rompa barreras de apatía y de desesperanza, y que motive a una transformación social e individual. Un nuevo líder que, más que nada, levante el espíritu sobajado de los mexicanos.

¿Será que necesitemos un nuevo líder para enfrentar esta guerra como sociedad civil? ¿Una imagen o una cara que convoque y dirija?

Posiblemente lo necesitemos algunos. Otros, como en ocasiones pasadas, saldrán a las calles espontáneamente sin un líder en particular. Lo que sí sé es que, sin esperarlo, seguiré apostando por fortalecer las estructuras actuales y por apoyar quienes hoy se desviven por las transformaciónes que tanto nos hacen falta. El liderazgo lo otorgamos los seguidores, y en el seguir también hay liderazgo. Finalmente, ese es el liderazgo más importante para, por lo menos, romper las barreras individuales que impiden el “hacer algo”.

Mariana.

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