Federico


A todos los que se van.

Una gota de sudor descendió por su sien izquierda, atravesó penosamente su rostro barbado y súbitamente fue detenida por el cordón del escapulario que pendía de su cuello. En ese momento Federico despertó, abrió los ojos lentamente y pudo darse cuenta de que seguía en la misma celda donde los oficiales lo habían dejado esa mañana. Todo estaba exactamente igual: la silla maltrecha, la bacinica sucia, el olor agrio e infecto de ese miserable hoyo en el desierto y aún el pedazo de pan con carne seguía sobre la mesa. La situación era confusa y Federico tenía miedo, un miedo nuevo y extraño, un miedo que lo paralizaba y que no lo dejaba pensar en otra cosa que en el calor que cada centímetro de su piel resentía.

Aquel día todo era silencio y calor en el desierto. Los casi cincuenta grados centígrados que marcaba el termómetro y el aire acondicionado descompuesto, no podían ser sino un presagio del infierno que le esperaba, pensaba Federico mientras se ventilaba con un pedazo de cartón viejo. Desesperado, trató de moverse una vez más, pero las esposas que lo mantenían sujeto al sofá volvieron a cercenar la carne de su muñeca izquierda. Mientras la tarde avanzaba, su incomodidad crecía y el temor también.

Todo pasó tan rápido que él casi no se dio cuenta de nada y ahora que lo pensaba, ese era el primer momento en tres días en que estaba sólo. El oficial que entró y le quitó las esposas, murmulló algo ininteligible con su inglés de hillybilly y se fue inmediatamente sin esperar a que Federico pudiera siquiera articular una palabra. Había dormido una hora en el avión y otras tres en aquel lugar, estaba cansado y sólo quería estirar los brazos y levantarse del sillón. Finalmente, después de meditarlo un largo rato se puso de pie mientras las imágenes de aquella noche y de aquellos suburbios se sucedían caóticamente en su mente, se dio la vuelta y observó a través de la ventanita con barrotes por donde hasta ahora sólo había visto el cielo profundamente azul del desierto. La comprobación de su paradero lo dejó sin aliento.

*                *                *

Salió de Mier una tarde medio nublada a principios de año. Mientras la pick-up roja lo transportaba lejos de su hogar, Federico pensó que las nubes grises habían marcado el inicio de su tragedia y que desde entonces, siempre las vería con desconfianza. Recordó entonces los naranjales del rancho familiar destruidos por las inundaciones que asolaron a Tamaulipas aquel verano y evocó también a sus padres, recién fallecidos entre la pobreza, el desastre y la guerra. Ahora sí estaba sólo y desamparado, tal y como su abuela se lo decía de chico, cuando lo amenazaba con abandonarlo en la plaza si se portaba mal.

En Ciudad Miguel Alemán las cosas no fueron mejores ya que todo el mundo veía con recelo a los recién llegados. Su desgracia les mostraba la fragilidad de su propia situación: si la cercana Mier se había transformado en un infierno inhabitable por el terror zeta, no podía faltar mucho tiempo para que a ellos también les tocara su turno. Federico buscaba trabajo sin conseguirlo. Mientras la caridad de los habitantes de Ciudad Miguel Alemán se acababa con cada peso que el kilo de tortilla, el litro de leche o de gasolina subían de precio; a Federico de nada le servía su título como Ingeniero en Sistemas por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Nadie lo contrató.

Un buen día pasó. Federico se sentía agobiado y tenía frío, el invierno era especialmente duro ese año y el hambre era su peor consejera, así que desesperado, tomó la decisión. Sólo cincuenta mil pesos recibió por vender los tesoros más preciados de su familia: el anillo de matrimonio de la abuela con un pequeño diamante de verdad incrustado, el rosario de plata de su madre, la esclava de oro de su padre y tres monedas: dos de oro y una de plata que pertenecieron a su bisabuelo villista, del que Federico escuchó tantas historias cuando era niño y jugaba bajo los naranjos. Fue a cenar, se dirigió a un hotel y por primera vez en varios meses Federico lloró; lloró hasta que la luna desapareció por el horizonte y siguió llorando hasta mucho después de que el cielo se tiñera de azul, morado y rojo con el amanecer.

*                *                *

Un par de semanas después cuando todo estaba listo, Federico marchó finalmente al aeropuerto. A la hora indicada se dirigió a la sala de espera, sin embargo, antes de abordar el avión tuvo que pasar por tres estrictos controles de seguridad. La Policía Federal se encargaba de revisar escrupulosamente el equipaje de mano y a los pasajeros mismos, mientras que los perros entrenados paseaban plácidamente por los corredores del aeropuerto en búsqueda de drogas y armas. Cuando lo revisaron a él, Federico sintió que lo trataron como a un criminal, tuvo miedo y pensó en los miles de muertos de la guerra que asolaba a su país. Esa maldita guerra de la que él mismo escapaba.

Después de varias horas y escalas, el avión finalmente aterrizó. Eran las doce de la tarde y afuera el sol brillaba con fuerza. Mientras Federico esperaba a que su equipaje apareciera en la bandeja, la imagen de la ventanilla del avión no salía de su mente. No era la primera vez que volaba y sin embargo, el recuerdo de las ciudades hermanas extendiéndose frente al Océano Pacífico lo había dejado marcado. San Diego y Tijuana —pensó Federico— parecían un solo rostro cruzado por una enorme y horrible cicatriz: la frontera del norte y del sur, fundiéndose lentamente en su sino.

En el aeropuerto ya lo esperaban. Mientras caminaba entre las tiendas, un hombre de estatura baja, facciones gruesas y aspecto amenazante lo tomó del brazo. Federico se detuvo en seco, se dio la vuelta y pudo ver que la persona que lo sujetaba iba acompañada de un tipo rubio, alto y con una expresión tan soberbia que parecía ser el jefe. Los sujetos se presentaron y le recordaron a Federico que lo conocían de antemano porque parte del acuerdo, era que debía enviar a los polleros una fotografía para preparar los papeles falsos y hacer todo más discreto. Los hombres condujeron a Federico rápidamente al estacionamiento, subieron el equipaje a la cajuela y salieron a toda velocidad del aeropuerto en un automóvil gris con vidrios obscuros. Federico recordó entonces que había olvidado en su maleta el comprobante de los tres mil pesos que había depositado en una cuenta bancaria, se lo comentó al hombre alto y éste le respondió en buen español que no importaba, puesto que iba bien recomendado y sus tíos ya había entregado los primeros dos mil dólares. Poco después, el hombre alto le exigió el dinero, diez mil pesos ahora, veinte mil más y el comprobante cuando estuvieran lejos y seguros del otro lado. Finalmente le dio una hoja en blanco y le ordenó firmar sobre una línea —Ante todo la seriedad— le recordó a Federico con un tono burlón.

*                *                *

Nueva York era tal y como en las películas, pensaba Federico una tarde libre mientras paseaba por la ciudad; los rascacielos, los árboles de navidad, los puentes, los parques, todo era tal y como suponía, como si la ciudad siempre hubiese estado ahí, esperándolo. Ese día comenzó a nevar. Por la mañana era sólo un poco, pero para la noche, la sexta tormenta invernal más grande de la historia paralizaba la ciudad y sus alrededores.

Miles de dólares y algunos cuantos empleos se perdieron esos tres caóticos días en Queens. El transporte funcionaba de manera intermitente, las escuelas permanecían cerradas y las máquinas para la nieve sólo se limitaban a limpiar la zona de Manhattan y las conexiones con los aeropuertos, sin embargo, a Federico no le importaba caminar horas en la nieve y una noche, mientras regresaba a casa, pensó que igual que en México, también en Estados Unidos el gobierno atendía primero a los ricos y a los turistas que a la gente sencilla y trabajadora como él.

Por lo demás, Federico estaba contento. Le quedaba más que claro que Queens tampoco era el mejor lugar del mundo, pero al menos ahí se sentía más seguro que en México. En la televisión, las noticias de la cadena en español no dejaban de pintar al país como un panteón y un osario ensangrentado. Si bien Federico sabía que debía cuidarse de la policía gringa, del ICE, del Homeland y de la migra,  al menos aquí ya no tenía miedo de acabar destazado en medio del desierto, colgado de un puente o en medio de una balacera y además, a pesar del crudo invierno y de estar sólo, ya tampoco le daban miedo el frío ni el hambre. El dueño de la pizzería donde trabajaba era de Veracruz y además de un sueldo no tan malo, siempre daba de comer a sus empleados. A Federico le alcanzaba para rentar una pequeña habitación en la casa de Reina, una hondureña que cocinaba muy bien y mes con mes, pagaba el dinero que sus tíos le habían prestado para los polleros; compró ropa nueva baratísima, un Smartphone usado y hasta un PlayStation que jugaba en su tiempo libre con Justin, el hijo de Reina. Por primera vez en mucho tiempo, Federico sentía algo cercano a la felicidad.

*                *                *

La vista desde la ventanita con barrotes le produjo sensaciones encontradas. A Federico siempre le gustó el desierto, el cielo claro, el silencio impenetrable: la vida y la muerte mordiéndose la cola entre la arena. Recordó que cuando era niño solía internarse en él con su padre para cazar serpientes, águilas, venados y coyotes. Después, Federico sintió nauseas y su mundo se vino de nuevo abajo. Encerrado en aquella celda no podía sino sentir que ahora él mismo era la presa. Esa tarde, el desierto se extendía hasta el horizonte confundiéndose con el cielo como si se tratase del mar y a la derecha, las luces de la gran ciudad comenzaban a hacerse presentes. Federico estaba seguro de que conocía el lugar, sabía que era el mismo sitio donde los eficientes polleros lo habían dejado y además, desde el edificio donde se encontraba alcanzaba a entrever el letrero que marcaba el camino al downtown. Se trataba de Tucson, Arizona.

Sintió pánico y trató de conjurar a los demonios de su cabeza pero no pudo. Se sintió petrificado y súbitamente, Federico comprendió por qué no estaba en la estación de migración como los otros. Recordó todo y se vio transportado a otro momento unos meses atrás, muy cerca de donde se encontraba ahora.

*                *                *

De Tijuana a San Diego, Federico pasó por la línea dentro de un Toyota gris con placas de California. En la garita, el hombre alto parecía conocer al oficial de migración estadounidense, puesto que tras entregarle los pasaportes que sacó de la guantera del auto, lo saludó discretamente. El oficial no respondió, tomó los documentos, los pasó por el escáner y tras devolvérselos, les ordenó en inglés y casi sin verlos que avanzaran con precaución porque las cosas se estaban poniendo difíciles.

Los polleros cobraban caro, pero con ellos la gente pasaba segura, sin contratiempos y siempre por la línea, nunca por el río ni por el desierto. Sólo trabajaban por recomendación de otros clientes por lo que los tíos de Federico tuvieron que rogarles para que lo ayudaran y además, depositar los dos mil dólares necesarios para comenzar el trámite. Al final de sus servicios, los polleros dejaban a las personas en alguna ciudad alejada de la frontera en California, Nevada, Texas o Arizona, desde donde se podía tomar con toda seguridad un autobús a cualquier parte de los Estados Unidos.

Ese día tocaba Tucson. Durante el largo viaje ni los polleros ni Federico hablaron más de lo necesario, más tarde, el hombre alto se durmió. Federico se sentía incómodo y se dedicó a mirar por la ventana del automóvil, le intrigaba la peculiar manera en que el día y la noche se fundían en uno sólo atardecer en aquel desierto de Arizona. Pensó en su niñez en Tamaulipas y pensó también en los cientos de paisas que por tener menos dinero que él, mueren cada año a la luz de ese magnífico espectáculo natural. Federico se sintió con el corazón oprimido y mientras el auto avanzaba por la carretera, finalmente se quedó dormido.

Despertó cuando ya era de noche y avanzaban lentamente por los suburbios de Tucson. Después de un buen rato, el auto se detuvo frente a una construcción de dos pisos en madera pintada de verde obscuro y beige, al centro del jardín había un gran roble del que colgaba un columpio y la cerca blanca que rodeaba la casa también era de madera —Toda una casa de película gringa— pensó Federico inquieto. Los polleros le dijeron que permaneciera en el auto. El más chaparro bajó, entró a la casa y tras diez minutos, salió del garaje en otro automóvil. Esta vez se trataba de un Volkswagen negro de lujo. El hombre alto le dijo a Federico que continuarían en el otro vehículo y que ahora debía ayudarle a pasar dos grandes estuches de un automóvil al otro. Después de conducir por cerca de una hora, los polleros finalmente lo dejaron a unas cuadras de la terminal de autobuses. Una vez dentro, Federico llamó a su tío y compró un boleto sencillo a Nueva York.

Mientras viajaba con rumbo al norte y miraba la luna brillar sobre el desierto, Federico cayó rendido ante el cansancio. Por primera vez en mucho tiempo se sentía tranquilo.

*                *                *

Afuera anochece. El cielo del desierto se tiñe de rojo y las nubes grises presagian el inicio de otro verano. Adentro, en el comedor, Federico come un hot dog que sostiene de manera convulsiva en su mano derecha. En la pequeña televisión alguien sintoniza el canal en español y sube el volumen. Federico voltea instintivamente al aparato y atento, escucha a la presentadora cubana que con su acento de Miami, anuncia a viva voz que el incremento de la violencia generada por el narcotráfico es un peligro para la seguridad de las americas y que como bien ha sentenciado la Secretaría de Estado en turno, México ha pasado a ser un Estad fallido.

Con la comida en la boca, Federico sonríe desequilibradamente. Su expresión se encuentra enteramente descompuesta. Se carcajea y después llora, grita y finalmente, golpea el suelo con la charolita de plástico. Rápidamente es inmovilizado por los oficiales de manera violenta y llevado nuevamente a la celda de castigo donde pasará otros tres días en las penumbras, completamente sólo.

Una vez ahí, Federico llora y piensa en su desierto, en sus padres y en sus naranjos.

*                *                *


Epílogo:

Federico lleva tres años en la cárcel. Una simple pelea en un bar, una revisión, un arresto, un registro de sus huellas digitales lo llevaron hasta ahí.

Su abogado perdió el juicio. Sus identificaciones fueron encontradas junto a drogas, armas y dinero mexicano decomisados a una banda de traficantes. Todo en el auto estaba lleno de sus huellas, los estuches, el dinero, los papeles; su firma estaba impresa en un recibo en español. El agente del consulado mexicano en Tucson que atendió su llamada pensó que era un narquillo más y ni siquiera lo visitó.

Si tiene buena conducta, Federico podrá salir dentro diez años. Las autoridades estadounidenses lo deportarán de vuelta a su país donde Federico podrá comenzar su vida de nuevo, si para entonces claro, existe todavía un lugar en el medio del desierto llamado México.

*

Vlad Temporal

@VladTemporal

Anuncios

Y usted joven, ¿Conoce Chapultepec?


Vivo en una zona popular del Distrito Federal. Esta mañana, al salir de casa me encontré con una enorme fila de autobuses de transporte público del Estado de México, así como con una gran actividad alrededor de un centro de atención del Programa Oportunidades, es nuevo y se encuentra a escasos metros del mercado, la iglesia y la primaria. Hay mucho más movimiento y caos de lo normal. Automóviles con logos de SEDESOL, Gobierno Federal e INEGI se han estacionado en ambas aceras, interfiriendo aún más con el ya de por sí complicado tránsito de mi calle. La gente entra y sale de un edificio con un emblema de «Vivir Mejor» colgado en la puerta, es evidente que algo está pasando, y no parece ser algo menor.

—Les pasan lista, forman grupos y se los llevan— alcanzo a escuchar en una conversación ajena. —Creí que ya eran otra vez los maestros, que ya se iban a marchar otra vez en lugar de ponerse a trabajar, ¡huevones!— sentencia una mujer de mediana edad, mientras las migajas de su torta de tamal salen disparadas de su boca hacia el atole de champurrado que sostiene en su mano izquierda. La vendedora se queda callada, la señora bebe un trago caliente, paga y parte indignada por un paro magisterial inexistente.

*      *      *

Después de tantos años, la gente de esta ciudad aún me sigue desconcertando; espero que nunca lo deje de hacer, pienso mientras observo como la gente toca la puerta, espera unos segundos para entrar al edificio y minutos después sale en pequeños grupos, ora de a 3, ora de a 5, ora de a 7, juntos en un frágil orden que se colapsa apenas unos metros adelante.

Hay otros hombres y mujeres que sobresalen de la multitud, van corriendo de un lado a otro, en una mano una lista y en la otra un radio. Son jóvenes, su aspecto no denota hambre ni carencias, sino todo lo contrario: son los coordinadores del programa, esos que los comerciales de la FEPADE piden denunciar por hacer lo que ahora hacen. Hombres y mujeres grises, desesperados por encontrar algún orden lógico y racional dentro de esta marejada humana, donde ese concepto no existe y probablemente nunca existirá.

A pesar de las rabietas de sus coordinadores, ellas se encuentran, se saludan, se detienen, ríen, platican y se cuentan las últimas novedades. En su mayoría son mujeres, muchas de ellas jóvenes, madres de familia y amas de casa que han cargado consigo a los bebés y a los niños pequeños, quienes con su escándalo contribuyen en mayor medida a la histeria de los hombres y mujeres grises. La bola de mujeres continúa su ciclo: toca la puerta, espera su turno, recibe sus folletos, sus vouchers, se entretiene un momento y, eventualmente, sube a los autobuses en cuyos costados leo: «TECAMAC, EDO-MEX Compromisos Cumplidos». Acarreo puro, duro y surreal. This is fucking real Mexico pienso.

—Al Centro Banamex a ver al Presidente— murmullan cuando algún otro curioso les pregunta si saben a donde van —A un evento artístico y cultural—dicen otras atropelladamente. Debería tomar fotos, pero olvidé la cámara y me siento imposibilitado para dejar de observar lo que está pasado e ir a buscar el aparato, todo podría haber terminado para cuando estuviera de vuelta.

*    *    *

De repente me descubro pensando que, a veces, parecería imposible que esto todavía suceda en el México de los smartphones, de la nueva iPad, de los hashtags y los Trending Topics. Pero no lo es. Volteo a mi alrededor y siento, observo, respiro. Los edificios grises que dominan el paisaje, las calles en mal estado, los llantos de las decenas de bebés, las obras del drenaje que después de meses, aún sueltan de vez en vez sus infernales tufos y quiero entender, pero no puedo.

Nunca he dependido de la «ayuda» del gobierno ni de una beca oportunidades. Mi participación en la vida pública siempre ha sido genuinamente voluntaria pues he tenido la gracia de vivir alejado de estas prácticas, que constituyen la forma dominante de hacer política en mi país. He conocido desde siempre su existencia, he sentido sus efectos, he visto sus mítines y cómo gente con gorras azules, o rojas o amarillas, o grises como su corazón, reparten tortas o jugos o tacos de huevo con arroz que intoxican a cientos de campesinos e indígenas. Pero esto es diferente, siento que es diferente. Es demasiado real y demasiado cercano, me hace sentir transgredido y molesto.

*    *    *

—Se los llevan a un evento, allá les van a dar su recibo, y con ese ya pueden cobrar su dinerito— me confiesa la señora mientras espero a que me despache. La veo y con sorpresa descubro que ha descubierto mi descubrimiento. Es una mujer aún joven y su figura parece querer recordar años mejores, sin embargo, las ojeras y su rostro demacrado reflejan las pesadas cargas de su vida. Me entrega mi torta de tamal verde y pago los once pesos. —Y si tienen suerte les van a dar de comer bien y hasta una despensa para su familia— concluye mirando hacia la nada, mientras la tímida sonrisa de quien añora lo que nunca tendrá, se desdibuja de su rostro.

—¿Y usted por qué no fue?— Me escucho decir como por inercia, o por educación, o por qué se yo, últimamente ya no se ni quien soy y ahora sólo me importa escuchar su respuesta.

—Es que yo soy de Veracruz y acabo de llegar con mi hermana acá a México, me salí del pueblo sin mi acta de nacimiento y pues ya no me dio tiempo de sacar mi credencial—. Escucho atento su historia; en algún momento hago el ademán de querer añadir algo, pero ella se adelanta y me interrumpe, adivinando mi siguiente pregunta —Sí, y sólo con credencial te llevan. Yo aún no conozco Chapultepec y dicen que van ahí cerquita a ver al Presidente, dicen que hay unos edificios de cristal bien, bien altos al ladito del bosque, dicen que hasta son de los más altos del mundo, y que no se caen si tiembla, y pues, ya que estoy aquí me gustaría verlos alguna vez. Y usted joven, ¿Conoce Chapultepec?—.

Vlad Temporal

@VladTemporal

*