Y usted joven, ¿Conoce Chapultepec?


Vivo en una zona popular del Distrito Federal. Esta mañana, al salir de casa me encontré con una enorme fila de autobuses de transporte público del Estado de México, así como con una gran actividad alrededor de un centro de atención del Programa Oportunidades, es nuevo y se encuentra a escasos metros del mercado, la iglesia y la primaria. Hay mucho más movimiento y caos de lo normal. Automóviles con logos de SEDESOL, Gobierno Federal e INEGI se han estacionado en ambas aceras, interfiriendo aún más con el ya de por sí complicado tránsito de mi calle. La gente entra y sale de un edificio con un emblema de «Vivir Mejor» colgado en la puerta, es evidente que algo está pasando, y no parece ser algo menor.

—Les pasan lista, forman grupos y se los llevan— alcanzo a escuchar en una conversación ajena. —Creí que ya eran otra vez los maestros, que ya se iban a marchar otra vez en lugar de ponerse a trabajar, ¡huevones!— sentencia una mujer de mediana edad, mientras las migajas de su torta de tamal salen disparadas de su boca hacia el atole de champurrado que sostiene en su mano izquierda. La vendedora se queda callada, la señora bebe un trago caliente, paga y parte indignada por un paro magisterial inexistente.

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Después de tantos años, la gente de esta ciudad aún me sigue desconcertando; espero que nunca lo deje de hacer, pienso mientras observo como la gente toca la puerta, espera unos segundos para entrar al edificio y minutos después sale en pequeños grupos, ora de a 3, ora de a 5, ora de a 7, juntos en un frágil orden que se colapsa apenas unos metros adelante.

Hay otros hombres y mujeres que sobresalen de la multitud, van corriendo de un lado a otro, en una mano una lista y en la otra un radio. Son jóvenes, su aspecto no denota hambre ni carencias, sino todo lo contrario: son los coordinadores del programa, esos que los comerciales de la FEPADE piden denunciar por hacer lo que ahora hacen. Hombres y mujeres grises, desesperados por encontrar algún orden lógico y racional dentro de esta marejada humana, donde ese concepto no existe y probablemente nunca existirá.

A pesar de las rabietas de sus coordinadores, ellas se encuentran, se saludan, se detienen, ríen, platican y se cuentan las últimas novedades. En su mayoría son mujeres, muchas de ellas jóvenes, madres de familia y amas de casa que han cargado consigo a los bebés y a los niños pequeños, quienes con su escándalo contribuyen en mayor medida a la histeria de los hombres y mujeres grises. La bola de mujeres continúa su ciclo: toca la puerta, espera su turno, recibe sus folletos, sus vouchers, se entretiene un momento y, eventualmente, sube a los autobuses en cuyos costados leo: «TECAMAC, EDO-MEX Compromisos Cumplidos». Acarreo puro, duro y surreal. This is fucking real Mexico pienso.

—Al Centro Banamex a ver al Presidente— murmullan cuando algún otro curioso les pregunta si saben a donde van —A un evento artístico y cultural—dicen otras atropelladamente. Debería tomar fotos, pero olvidé la cámara y me siento imposibilitado para dejar de observar lo que está pasado e ir a buscar el aparato, todo podría haber terminado para cuando estuviera de vuelta.

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De repente me descubro pensando que, a veces, parecería imposible que esto todavía suceda en el México de los smartphones, de la nueva iPad, de los hashtags y los Trending Topics. Pero no lo es. Volteo a mi alrededor y siento, observo, respiro. Los edificios grises que dominan el paisaje, las calles en mal estado, los llantos de las decenas de bebés, las obras del drenaje que después de meses, aún sueltan de vez en vez sus infernales tufos y quiero entender, pero no puedo.

Nunca he dependido de la «ayuda» del gobierno ni de una beca oportunidades. Mi participación en la vida pública siempre ha sido genuinamente voluntaria pues he tenido la gracia de vivir alejado de estas prácticas, que constituyen la forma dominante de hacer política en mi país. He conocido desde siempre su existencia, he sentido sus efectos, he visto sus mítines y cómo gente con gorras azules, o rojas o amarillas, o grises como su corazón, reparten tortas o jugos o tacos de huevo con arroz que intoxican a cientos de campesinos e indígenas. Pero esto es diferente, siento que es diferente. Es demasiado real y demasiado cercano, me hace sentir transgredido y molesto.

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—Se los llevan a un evento, allá les van a dar su recibo, y con ese ya pueden cobrar su dinerito— me confiesa la señora mientras espero a que me despache. La veo y con sorpresa descubro que ha descubierto mi descubrimiento. Es una mujer aún joven y su figura parece querer recordar años mejores, sin embargo, las ojeras y su rostro demacrado reflejan las pesadas cargas de su vida. Me entrega mi torta de tamal verde y pago los once pesos. —Y si tienen suerte les van a dar de comer bien y hasta una despensa para su familia— concluye mirando hacia la nada, mientras la tímida sonrisa de quien añora lo que nunca tendrá, se desdibuja de su rostro.

—¿Y usted por qué no fue?— Me escucho decir como por inercia, o por educación, o por qué se yo, últimamente ya no se ni quien soy y ahora sólo me importa escuchar su respuesta.

—Es que yo soy de Veracruz y acabo de llegar con mi hermana acá a México, me salí del pueblo sin mi acta de nacimiento y pues ya no me dio tiempo de sacar mi credencial—. Escucho atento su historia; en algún momento hago el ademán de querer añadir algo, pero ella se adelanta y me interrumpe, adivinando mi siguiente pregunta —Sí, y sólo con credencial te llevan. Yo aún no conozco Chapultepec y dicen que van ahí cerquita a ver al Presidente, dicen que hay unos edificios de cristal bien, bien altos al ladito del bosque, dicen que hasta son de los más altos del mundo, y que no se caen si tiembla, y pues, ya que estoy aquí me gustaría verlos alguna vez. Y usted joven, ¿Conoce Chapultepec?—.

Vlad Temporal

@VladTemporal

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