Un peñón en el naufragio de la mediocridad.

Por Tulio Agrícola

“Nacimos en la época de la mediocridad” fue la conclusión apurada por la risa cuando comparamos el elogio de los catorce sistemas constitucionales estudiados y comparados por  Giovani Sartori con el centenar y medio de los trabajados por Aristóteles. Parece muy evidente ante el conformismo de mareas de gente, presas bajo la gravitación del Capital —las cosas por su nombre, no sólo es este o aquel sistema político, es el sistema económico—. Parece que la orgullosa civilización occidental es incapaz de sobreponerse a su propia invención, pues no administra la riqueza, al contrario la ha fetichizado, entregándole la agenda.

Pero, ¿qué le ocurre a los cuerpos de población de escalas menores a las oceánicas, que predominan en las ciudades? Actualmente la población que vive en núcleos demográficos de menos de 100,000 habitantes es minoría a nivel mundial; de los territorios en que habitan, las grandes urbes se abastecen de los insumos vitales, devolviendo porquería civilizada: mercancías útiles a las que se les esfumó el tufo a nuevo.

La brecha de iniquidad e injusticia se amplía con la corrupción impune de los funcionarios en toda la estructura del Estado mexicano: entonces el abismo que se ensancha da paso al violento caudal de la colusión, la extorsión y la aquiescencia. La institución fundamental de ese Estado, el municipio, se encuentra secuestrado o en contubernio con intereses egoístas y mezquinos, dispuestos a la masacre para lograr sus propósitos. El chapo y los magnates del mundo viajan juntos en yate, mientras el mal gobierno tripula el navío sobre olas de gente.

Si en el norte de este país el interés del trasiego de enervantes y plazas de venta convive con la industrialización de  las metrópolis, en el sur los negocios de la producción clandestina coexisten con la explotación brutal de los recursos naturales. Entre todas estas mareas, la materialización más próxima del Estado, el municipio, naufraga tras el hundimiento.

Me refiero al municipio no desde una perspectiva positiva o constitucional, sino ante todo, ideológica. No me refiero a lo que formalmente es o en qué ha devenido esa institución, sino el simbolismo del que se le puede dotar. No en vano el movimiento Zapatista –que este 10 de abril conmemora su luto más llorado– tomó como bastión organizativo al municipio, así lo demuestran la Ley de libertades municipales y demás legislación rebelde que procuró reglamentar y hacer efectiva la restitución territorial que se encontraba en marcha.

Por supuesto, el territorio zapatista se constituyó por estos cuerpos menos numerosos –que no menores– de población, en una época en que su conjunto amasaba la mayoría de un país poco poblado. El espacio geográfico bajo la jurisdicción de estas leyes fue un pequeño estanque que la represión desecó. Si hoy las circunstancias son radicalmente distintas, en algo el movimiento suriano acertó: la escala. Frente a la masividad de individuos, respondieron con la agrupación de sujetos en estructuras pequeñas y sólidas, bien fundamentadas y versátiles.

Las condiciones más susceptibles a esta táctica son precisamente las de mayor marginación: las rurales, pues su población ha tendido por generaciones que tejer redes de subsistencia, recursos de solidaridad sin las cuales habrían sucumbido hace varias hambrunas y razias.

El profesor rural no es combativo por náufrago, por arrebatado, huevón o perdido, sino porque convive diariamente con el rostro de la desnutrición, que le sonríe y se duerme sobre la banca de estudio; interrumpe clases porque la escuela donde labora y los caminos que conducen a ella no son seguros para los estudiantes cuando arremeten tormentas y bandidos. Muy pocos alcanzan a ver el horizonte de desolación que se le presenta al maestro rural, que tiene la perspectiva de quien trata con muchas familias a través de los niños y jóvenes, allí encuentra también fortaleza, capacidad de locución y retroalimentación, la quilla de una organización que denuncia la falacia de una “educación de calidad” pregonada por los malos gobiernos y los falsos poderes.

Los malos gobiernos hierven de ira cuando escuchan la palabra sincera, prudente, respetuosa de la vida; acostumbrados como están a la simulación, el lucro frenético y el desprecio por lo invaluable. Se apresuran entonces a ahogar el torrente de voces que horadan las conciencias, en un vórtice de violencia de la que no tiene el monopolio ni es legítima.

Y en esta lucha el magisterio guerrerense se encuentra con la CRAC-PC, con la que comparte hoja de ruta: el ejercicio directo de la soberanía, la reivindicación de la autonomía regional definida por sus habitantes y la facultad efectiva de establecer pactos y proyectos populares que respeten el derecho a la diferencia, así como al goce y disfrute de  una buena vida en un ambiente sano, para nosotros y las generaciones futuras. Una odisea.

Los malos gobiernos, acicateados por el descontento del capital que gobierna el barco, maniobran para hacer zozobrar la digna lucha del pueblo, acorralada entre la destrucción y el genocidio. La intimidación, el desgaste y la represión hostilizan a la organización popular sistemáticamente: el proceso de militarización del país se ha inventado un sustento legal con la formación de la Gendarmería Nacional, órgano abiertamente castrense que fomentará la paramilitarización de los territorios en pie de lucha, con sus 10,000 efectivos seleccionados entre ejército y la armada.

La organización de los mares de individuos es indispensable para sostener la movilización del pueblo digno. Hoy más que nunca es importante estar atentos al desarrollo de los movimientos populares en general y surianos en particular, no en vano son herederos de una historia de lucha que hoy les permite sortear con decisión el embate del capital mundial. Es indispensable construir organización –no sólo resistencias–,  participar en comunidad, difundir información veraz hacer de estas labores una práctica y disponernos a actuar.

Es indispensable navegar hacia organización comunitaria y la educación popular, no sólo mantenerse a flote. Desde ese peñón cruzaremos el abismo.

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