Memorias, de un pueblo herido.

De Fabiana Veladez

Tepoztlán, lugar de legendarios cerros que lo resguardan con receló. Su etimología viene del náhuatl: Te-cerro; Poztetica-quebrado; Tlán-lugar, o “Lugar de los Cerros Quebrados”.

Ha sufrido cambios a lo largo de la historia: podemos iniciar con nuestros antepasados, quienes fueron conquistados y sometidos a una nueva religión cuando llamaron a nuestros dioses, o deidades, demonios. Caprichosos, destruyen chozas y todo lo que encuentran en su camino. Había una Teocalli (Casa de Dios) que recibía peregrinos desde Centroamérica a rendir culto a sus dioses, pero los frailes dominicos dieron la orden de derribarla y, con el mismo material, levantar la Iglesia Mayor de Tepoztlán que hoy conocemos con el nombre de la Natividad de María, por ser esta virgen patrona del pueblo.

Se trató de borrar todo lo que fuera posible y cambiar las creencias. Los campos dejaron de producir, las familias se convirtieron errantes, y se privatizaron las propiedades. Impusieron el español para borrar el náhuatl: si eran sorprendidos hablándolo los mataban. Tepoztlán se sumergió en un mar de ignorancia por años, muestra de un conformismo disfrazado.

En el siglo XIX un michoacano de nombre Mariano Envila (su apellido está en la calle frente al Palacio Municipal) que sabía leer y escribir, formó pequeños grupos de personas, tanto jóvenes como adultos, para alfabetizarlos en secreto. Lo hacía con el fin de que la gente ya no fuera explotada tan fácilmente. Participó dentro de estos grupos Prisciliano Rodríguez, quien después fue a la Ciudad de México y se alistó en el Ejército Mexicano obteniendo el grado de coronel. Logró entrevistarse con Benito Juárez (que en ese momento era presidente de la república) y le solicitó la autorización para perseguir a la banda de “Los Plateados”, un grupo de asaltantes que había provocado miedo en el pueblo y se dedicó a perseguirlos hasta terminar con ellos en el Zarco.

A pesar de sus penumbras Tepoztlán tiene una calidez y un gran alma fiestera. Cuando en Tlayacapan, por segunda vez, celebraban “Los Huehuenchis” (llamado hoy en día carnaval o chínelos, que se deriva de la lengua náhuatl Tzineloa y quiere decir danza de las caderas a un ritmo), un grupo de jóvenes observó con detalle el acontecimiento y regresó a Tepoztlán a proponer la misma celebración en el mismo día para que no fueran criticados. Se cree que esta fiesta la trajeron los españoles, ya que también ellos fueron conquistados durante la época de moros y cristianos. El vestuario de los chinelos se basa en las túnicas de los reyes.

Los cerros de Tepoztlán son los principales testigos de la transformación que ha tenido el pueblo. Si pudieran despertar esa voz que tanto tiempo ha permanecido dormida, nos relatarían los personajes que han surgido dentro de la comunidad, sus tradiciones y costumbres, que empiezan lentamente a ser olvidadas por sus pobladores. Nuestros ancianos nos hablan de cómo era aquel Tepoztlán, sin luz eléctrica, televisión, teléfonos, o internet;  sus ojos se cristalizan añorando aquel tiempo.

“Destruyeron mis hojas, cortaron mis ramas, cortaron mi tronco, pero mis raíces nadie podrá arrancarlas.”

Anónimo

Fotografía de Julio C. Rojas Galindo

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