El continente de bronce.

Ponencia de Tulio Agrícola

“520 años de mestizaje/globalización: ¿Lucha o Resistencia?”, Casa de Cultura
Comunitaria Teteshka, 12 de octubre de 2012.

El abrazo, de González Camarena

El continente de bronce.

Retomo la metáfora de Vasconcelos en su espíritu cosmopolita para referirme a esta tierra, sin duda compleja aleación que no termina de forjarse bajo los rudos golpes del mestizaje.

Es el motivo que nos reúne en esta conmemoración, el ser de ninguna parte siendo en este instante, dentro de un perenne torbellino de identidades, hora indio, hora español, negro, chino… son tan hondas nuestras raíces que peligran en la espesa negrura de nuestro olvido. Hoy, hace quinientos veinte años que el almirante genovés profanó con sus plantas nuestro suelo, un centenar de fuegos nuevos habrían ya ocurrido de no extinguirse el sol de movimiento. Pero el encuentro era inminente, como fatales fueron sus efectos: sembrado está el subsuelo por uno de los mayores genocidios nunca olvidados y, si bien, lapidados yacen sus genios, sus flores y sus cantos persisten a la erosión del tiempo.

¡Oh flores que portamos,

oh cantos que llevamos,

nos vamos al Reino del Misterio!

¡Al menos por un día estemos juntos, amigos míos!

¡Debemos dejar nuestras flores,

tenemos que dejar nuestros cantos:

y con todo la tierra seguirá permanente!

¡Amigos míos, gocemos: gocémonos, amigos!

La vida pasa… poema náhuatl.

 

Conmemorar es convivir con la memoria, para ahuyentar los espectros de nuestros prejuicios y abrir la mente al aire refrescante de la historia. Cierto es, nada hay que festejar y, según indican estos nuestros tiempos, más nos valdría abrazar el mismo fatal destino si no estuviésemos obligados a recordar, como indica la vetusta sentencia de Sileno. El camino a nuestros recuerdos se encuentra cruzado de falsos atajos, que no hacen errar; así, aparecen las quimeras ideales de la utopía indiana y la misión civilizatoria ibérica en ambos extremos de estas ficciones. Peligrosa fragilidad la del intelecto abandonado a la contemplación de estas preconcepciones.

¿Qué altura moral concederemos al mexica, espartano del nuevo mundo, con el apetito voraz de todo imperio, que con Ilhuicamina a la testa impuso el yugo al Anáhuac entero?  ¿Qué puede redimir al filibustero castellano, santurrón avaro que sin el concurso de totonacas, tlaxcaltecas, otomíes y chalcas hubiera terminado por exhalar su último suspiro en Otumba? Al parecer, ambos, vencedor y vencido, compartieron la patología propia de todo cataclismo: la xenofobia.

Prevenidos estamos, pues, de inclinarnos por alguna de las partes sin considerar previamente la evidencia forense. Don Justo Sierra describió el encuentro de estos mundos como la colisión entre una fina vasija de barro y un caldero medieval; podemos fácilmente concluir el resultado del impacto mas, difícil resulta reconstruir el siniestro.

La fina cerámica anahuaca.

Si algo despierta la evocación de la civilización precolombina en nuestro ánimo, es añoranza. ¿Cómo no embriagarse de tan colosal esplendor? El florecimiento de la astronomía y la triada por ella engendrada: el cálculo vigesimal, la cuenta calendárica y el urbanismo trazado en emulación del cosmos; la cuasi perfección de su orden social, tan esmerado en el cultivo de su juventud; la simbiosis entre su ingeniería y el ambiente; así como su delirante estética, plasmada en monumentos, textos y ajuares de exquisito arte. Elementos todos que nos enervan como los floridos perfumes que hacían las delicias del señor de Texcoco.

Tengo para mí que la mayor cumbre de esas culturas fue su organización gentilicia. El calpulli resplandece en la genialidad de su sencillez: como instancia de decisión sobre el destino de sus paisanos, se fundaba en la sabia dirección de sus ancianos, que en consejo permanente atendían por igual asuntos prediales, pecuniarios y judiciales, siempre en presencia de la asamblea popular y apoyándose, para la ejecución de su mandato, en el calpuleque o pariente mayor, personaje de reputación probada entre los vecinos, cuya encarnación más apreciada tenemos en el general Zapata.

Triste debió ser la inserción del tecuhtli, agente de la administración señorial y representante del huey tlathoani, déspota –como no podía dejar de ser– en el autoritario sistema mexica:

Si los de la Triple Alianza los motejaron [a los tlahuicas] de gente “muy tosca y de muy basto frasis” (rudo lenguaje), según aclara Fray Diego Durán, también se usaba su gentilicio como insulto, lo mismo que el de otros pueblos igualmente sojuzgados por los mexicas y sus aliados. Tales apreciaciones muestran el desprecio de los dominadores hacia los pueblos que explotaban y de cuyos productos vivían.

Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata, cap. II

Si enfocamos nuestra observación sobre el pueblo hegemónico al momento de la invasión europea –acto ineludible por ser del cual mayor abundancia de testimonios, descripciones y vestigios conservamos– encontraremos una vigorosa potencia en expansión, que no vacilaba en imponer el orden matemático del universo, que su doctrina le había revelado. Como guardianes del quinto sol, justificaban el régimen tributario que pesaba sobre los pueblos comarcanos con la mismísima prevalencia del  cosmos:

Cada prisionero que toma el azteca es una estrella que debe ser sacrificada al Sol, para alimentarlo con la sustancia mágica que representa la vida, y para fortalecerlo en el divino combate; y el hombre-estrella que es sacrificado, pintado de blanco el cuerpo y con un antifaz negro, que significa la noche estrellada, irá a reforzar la vida del Sol.

Alfonso Caso, El pueblo del Sol, cap. homónimo.

Como es de verse, no eran nimios los motivos que decidieron a estos grupos humanos a enrolarse en las huestes del malinche, en pos de una emancipación más prometida que lograda.

El cihuacóatl Tlacotzin luego respondió [a Cortés]:

Oh, príncipe mío, oiga el dios esto poco que voy a decir. Yo el mexicatl, no tenía tierras, no tenía sementeras, cuando vine acá en medio de los tepanecas y de los de Xochimilco, de los de Aculhuacan y de los de Chalco; ellos sí tenían sementeras, sí tenía tierras. Y con flechas y con escudos me hice señor de los otros, me adueñé de sementeras y tierras.

Igual que tú, que has venido con flechas y con escudos para adueñarte de todas las ciudades. Y como tú has venido acá, de igual modo también yo, el mexicatl, vine para apoderarme de la tierra con flechas y con escudos.

Visión de los Vencidos, cap. XIII

El barbarismo invasor.

Si el Anáhuac mexica se encontraba en su cenit, el imperio español apenas se esbozaba en los confines de la mar océano, más imperial que Castilla, Aragón extendía su influencia sobre el Mediterráneo, antiguo seno de la cultura occidental en vísperas de ser desplazado por la cuenca atlántica, umbral de la modernidad, sus horrores y sus maravillas.

Ancladas sus mentes en el sopor medieval, los auto nombrados conquistadores prolongaron su cruzada contra los moros a estas latitudes. Ocho siglos de guerras religiosas los curtieron para invadir y despojar en nombre de su dios y de su rey:

De parte del rey, don Fernando, y de su hija, doña Juana, reina de Castilla y León, domadores de pueblos bárbaros, nosotros, sus siervos, os notificamos y os hacemos saber, como mejor podemos, que Dios nuestro Señor, uno y eterno, creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de quien nos y vosotros y todos los hombres del mundo fueron y son descendientes y procreados, y todos los que después de nosotros vinieran. […]

Uno de los Pontífices pasados […], como señor del mundo hizo donación de estas islas y tierra firme del mar Océano a los dichos Rey y Reina y sus sucesores en estos reinos, con todo lo que en ella hay, según se contiene en ciertas escrituras que sobre ello pasaron, según se ha dicho, que podréis ver si quisieseis. […]

Por ende, como mejor podemos, os rogamos y requerimos que entendáis bien esto que os hemos dicho, […] y reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo, y al Sumo Pontífice, llamado Papa, en su nombre, y al Rey y reina doña Juana, nuestros señores, en su lugar, como a superiores y reyes de esas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación y consintáis y deis lugar que estos padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho. […]

Y si así no lo hicieseis o en ello maliciosamente pusieseis dilación, os certifico que con la ayuda de Dios nosotros entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras que pudiéramos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia y de Sus Majestades, y tomaremos vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos, y como tales los venderemos y dispondremos de ellos como Sus Majestades mandaren, y os tomaremos vuestros bienes, y os haremos todos los males y daños que pudiéramos, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen; y protestamos que las muertes y daños que de ello se siguiesen sea a vuestra culpa y no de Sus Majestades, ni nuestra, ni de estos caballeros que con nosotros vienen.

López de Vivero, Requerimiento de la Monarquía Española, c 1500

Su presencia tuvo un marcado carácter providencialista, apuntalado en la conquista espiritual llevada a cabo por las órdenes religiosas. Ambiguo estatus el de los frailes, simultáneamente defensores de los indios, estudiosos de sus lenguas, primeros etnólogos de este continente; pero también capellanes del invasor, sensores de los vestigios paganos y apologetas de la destrucción de la sabiduría endémica, reemplazándola con el fundamentalismo católico, tan propenso al suplicio de la carne.

Empero, sería negligente acentuar la leyenda negra que pesa sobre los anales hispánicos sin reconocer que además de sus hecatombes, importó también fabulosos elementos del viejo mundo: la raíz africana de nuestro linaje, frecuentemente omitida en la conciencia; flora y fauna de los confines de la Tierra que, si bien causaron en su momento estragos ecológicos, contribuyeron a la mega diversidad biológica de nuestros suelos y de nuestra gastronomía; y el lenguaje árabe, que arribó también para sedimentarse en nuestra comunicación.

Los que han querido fundar la justicia de la independencia en la injusticia de la conquista, sin pararse a considerar todos los efectos que ésta ha producido, no han echado de ver que de esta manera dejan sin patria a las dos terceras partes de los habitantes actuales de la República, y a ésta sin derechos sobre todos aquellos inmensos territorios que no dependieron del imperio mexicano y fueron agregados a la Nueva España por la ocupación bélica que de ellos hicieron los españoles […]. Tito Livio creía que se debía a la antigüedad la licencia de usar de las ficciones de la mitología, para ennoblecer la fundación de las naciones. La mexicana no necesita de ficción alguna para poder enorgullecerse de su origen. Formada por la mezcla de los conquistadores y de los conquistados, deriva su principio, en cuanto a los primeros, de una nación que en aquélla época era la primera de Europa, cuyas armas eran respetadas por todas las demás naciones, en todo el esplendor de su literatura y de sus artes; y en cuanto a los segundos proceden de unos pueblos guerreros, que supieron defender su libertad con heroísmo, y que si cayeron por efecto más de sus propias disensiones que de una fuerza extranjera, esta caída fue honrosa y nada hay en ella que no los llene de gloria.

Lucas Alamán, Disertaciones sobre la historia de la República Mexicana. 

El alumbramiento de nuestra nación.

Como la violenta caída de un asteroide, así se introdujo la simiente europea en Tonantzin. La gestación duró tres siglos y el doloroso parto toda una centuria, pero nacimos. Desnudos e indefensos en medio de un mundo egoísta, que ya resentía el optimismo de las ideas de progreso, los pueblos latinoamericanos rompimos las cadenas ibéricas para ser despojados nuevamente.

Se trata de la historia de un pueblo que, al asumir la responsabilidad de su independencia, se vio en la necesidad apremiante de constituirse o si se quiere, de proponerse a sí mismo un proyecto de vida para el futuro. Pero, y esto es lo peculiar y decisivo, en una circunstancia histórica que le era extraña por la presencia y presión de un mundo del que había permanecido aislado. Nada de arbitrario, por tanto, que para satisfacer aquella necesidad se le ofrecieron, aunque en conflicto, dos únicos caminos: el de persistir en la tradición o el de abrazar la aventura de la modernidad. Sin embargo, como ambas vías reclamaban el reconocimiento de su legitimidad, la disyuntiva que se la planteó implicó una contradicción interna que redujo a ambos programas a la imposibilidad de actualizarse plenariamente. Y así y por eso, desde la independencia nuestra historia se ha debatido en un dilema que recuerda el de Hamlet: querer ser de un modo y no quererlo hacerlo cabalmente.

Edmundo O´Gorman, México, el trauma de su historia, cap. final.

Empero, no nos permitamos optar por la desolación, no ahora que nos debatimos en una encrucijada global análoga a la que hoy remembramos. El futuro no se presenta halagüeño, la crisis atraviesa cada instancia de nuestra realidad, cuyo deplorable estado deriva de esta imposición tantas veces reiterada: la cultura occidental que constriñe a sus semejantes, homologándolas al american way of life, gélido aliento del capitalismo y espejismo deseado por los menos cautos, que arrebata las entrañas minerales de nuestra madre Tierra, inunda sus valles y saquea sus bosques; es ahora cuando las mujeres y los hombres de maíz debemos levantarnos en defensa de nuestra madre, de la tierra que nos nutrió, del aire que nos dio aliento. El bagaje de conocimientos, saberes, prácticas y costumbres que dota de identidad a las comunidades, así como el conjunto de sus expresiones materiales, tecnológicas, arquitectónicas y artísticas, que son manifestación tangible de esa misma identidad, es un patrimonio en constante renovación y reelaboración, al cual podemos y tendremos que recurrir como alternativa de lucha contra el adversario común.

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