El pasillo menos transitado

Si cuatro días de tu vida estuvieran dedicados a escribir todo lo que quieras, ¿qué escribirías? Y más importante, ¿qué descubrirías?

Camino por un largo pasillo que no alcanzo a ver cuándo termina. Está dividido en bloques. De un lado veo un cuarto lleno de recortes, hojas a medio escribir, libros y más libros, periódicos y revistas. Este parece ser el fragmento más visitado. Como si fuera el que más se repite, pero en realidad todo se acumula en él y lo visito cuando lo necesito. Del otro lado hay personas que me parece he conocido toda mi vida pero que se muestran borrosas, inmateriales, como si un momento pudieran estar y al otro desaparecer.

Más adelante hay hermosos paisajes con colores para los que no tengo nombre. Hay algo incompleto en esta imagen. Le falta solidez. Como si me hubiera detenido a observarlo tan pocas veces que no he alcanzado a comprender la belleza. Hay un cuarto oscuro que no me atrevo a mirar. Me da miedo qué pueda encontrar. Enfrente veo un cuarto lleno de gente famosa, algunos vivos, algunos muertos, todos los cuales me gusta citar de vez en cuando ya que se terminaron las ideas propias. Los conozco bien, me permiten descansar a mí.

Más allá veo algo que cada vez que creo entenderlo cambia de cara y yo con él. A veces lo representa una persona. A veces simplemente soy yo. Me confunde y me hace responder de maneras que no reconozco.  Despierta en mí emociones que terminan por desgastarse, consumirme o crear adicción. Este no es un fragmento. Lo observo desde el principio y hasta donde llevo caminado, y lo veo más allá. Se podría pintar como un ser humano en diferentes posiciones y con diferentes armas peleando contra su sombra; sólo que éste ignora que es su sombra.

A lo largo del trayecto veo pequeñas esferas de luz que me traen una extraña paz. Como el sentimiento de hacer algo bien. De repente se extinguen las luces. Me invade el pánico porque, a pesar de saber que el camino sigue más allá, no veo qué está pasando y, peor aún, qué pasará con el siguiente paso. No veo nada y pienso que yo también he desaparecido junto con la luz. Después tropiezo, me raspo las manos y rodillas, me levanto, doy un paso y me río porque siempre supe que la oscuridad iba a pasar.

Me detengo. Hay una encrucijada frente a mí. Izquierda o derecha. Me siento, contemplo y pienso. Bien o mal. Mucho o poco. Todo o nada. Arriba o abajo. Izquierda o derecha. Cuando me doy cuenta los dos caminos se están derrumbando porque nadie los está usando y ya esperaron demasiado. ¡Rápido! ¿Izquierda o derecha? Ave María dame puntería. Se repite la oscuridad y la luz. Lo atravieso. Veo atrás y me doy cuenta que por el otro camino también hubiera sido. Sonrío y me digo que las cosas son en cuanto yo las hago. 

A veces el camino se llena de personas. Claustrofobia. Me dicen qué hacer y cómo hacerlo. A qué y a quién hacerle caso y a qué y quién no. Me fastidio y los hago a un lado porque no hacen espacio para que yo pueda ver por dónde voy. Se repiten todas las demás imágenes. Me canso. El paso se vuelve lento y sin decisión. Volteo y veo el pasillo que muchas veces quise correr, otras gatear y otras destruir. ¿Qué siento?

Algunas veces el pasillo se vio atravesado por otros pasillos. A veces tuve mucho tiempo para mí. Me detuve en algunas partes. Me apresuré por otras. Sólo al final de él me doy cuenta qué hice. Bien o mal, está hecho. ¿Qué hubiera cambiado? ¿Qué no? La misma sombra desde el principio, y sólo hasta ahora me pongo a pensar cómo lo debí haber tomado y no por dónde.

El hecho de tomar una pluma y un papel te llevan a conocer el mundo que eres tú mismo. Te encuentras a ti mismo y encuentras cómo ves al mundo. Lo que pasa en el exterior lo ves y lo escribes desde ti. Si eres afortunado, te encuentras con otras 11 personas que buscan esa experiencia al mismo tiempo que tú. Preguntas como qué te afecta o tener que contarle a otra persona una historia y que esa persona la tenga que escribir, te lleva a abrirte a ti mismo y a los demás. Grandes cosas ocurren cuando un grupo compuesto de mundos se dedican cuatro días a comprenderse a sí mismos, y a comprender, por lo menos los bordes, de otros mundos.

Mercedes Fernández

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